vilasar 1960

Verano, tebeo y bicicleta, y toda la vida por delante. La sonrisa es de una “ingenuidad arrebatadora”, como diría mi madre, con su prosa fácil cargada de imágenes sugerentes. Está tomada en Vilasar de Mar, alrededor de 1960, en el jardín delantero de la casa de la calle Colón que alquilaban mis padres cada año. Todavía no tenía “grupo”, pero sí dos buenos amigos con los que formaba un trío bautizado Los tres mosqueteros. Debía haber millón y medio de tríos con ese apodo, sólo en el Maresme. No sé si había entrado o no en el Bachillerato, de ser así cerca debía de haber libros, porque fui un mal estudiante y me pasé la mayoría de los veranos de la adolescencia estudiando para recuperar asignaturas. Quizás todavía no había llegado a ese vía crucis, el primero de la serie de tres que habría de completar hasta llegar a ser libre. El segundo era la carrera universitaria y el tercero el servicio militar. Justo enfrente de nuestra casa veraneaba un matrimonio con tres hijas. Me intimidaba un poco la atmósfera femenina de aquella casa. Una de las hermanas formaría parte de mi grupo, pocos años más tarde. Se llamaba Maribel, vivía en Barcelona, en la calle Párroco Ubach, e iba a las Damas Negras. Por qué recuerdo estos datos es un misterio, nunca tuvimos una relación especial. En la casa de al lado, llamada Torre Rosa, vivía uno de los mosqueteros, Jorge, que intercedió por mí cuando negociamos unirnos al grupo principal. Él tenía más personalidad que yo. Se habla poco de la importancia de los grupos en los pueblos de veraneo. En el País Vasco los llaman cuadrillas y algunas establecen lazos que duran toda la vida.

Un verano, quizás el de la foto, en la Torre Rosa organizaron sesiones de gimnasia para los niños. Contrataron un profesor, nos dividieron por edades y saltamos al plinton, hicimos tablas de gimnasia sueca y carreras de velocidad, de dos en dos, en la acera. Yo era bueno saltando el plinton y malo corriendo. Jorge y Toni -el tercer mosquetero- siempre me ganaban. Un día, sin embargo, descubrí el valor del esfuerzo extremo. Fue una revelación. Competía con Toni, dieron la salida y, contra todo pronóstico, aguanté el ritmo de mi rival, hasta acabar superándolo por milímetros. Toni estaba estupefacto. Yo también. La única diferencia entre esta y las otras carreras, lo recuerdo perfectamente, fue que esta vez me esforcé al máximo, cosa que no hacía nunca. ¿Aprendí la lección? Me temo que no, seguí siendo un poco indolente y reacio a buscar los límites. Sospecho que porque las órdenes venían impuestas de fuera.

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