la nena del patí de plata

Mi madre, en la foto con siete años, fue hija póstuma. Su padre murió de gripe española en 1918, a los cuarenta años, dejando una mujer embarazada de cinco meses y otros cuatro hijos. Acabo de leer que esta gripe, considerada la más virulenta de la historia, se llamó así porque Europa estaba saliendo de una guerra espantosa, que se cobró diez millones de muertos, y en los países involucrados seguía vigente la censura informativa implantada durante la guerra. En realidad, el primer brote de este virus parece estar localizado en 1917 en un campamento militar de Estados Unidos y su rápida expansión fue de tal magnitud que el presidente Wilson llegó a plantear la posibilidad de no enviar tropas a Europa, para no propagarlo. Pero el confinamiento de las tropas fue desestimado por razones militares y la pandemia acabó causando más muertos que la guerra. Increíble, pero cierto. España, que era neutral, publicó todo lo referente a la enfermedad y de ahí surgió el bulo de la gripe española.

Mi madre nunca fue de las de posar con una pierna delante y la otra detrás, por lo que la pose resulta un poco sorprendente. Lo que sí puso ella es la sonrisa burlona, apenas perceptible, y una mirada desafiante. Mantuvo ambas cosas hasta el final de sus días. Mi madre tenía un punto indómito. En 1925 todavía no era consciente de que su condición femenina la llevaría a una forma de sumisión patriarcal y resignación cristiana para la que nunca estuvo bien predispuesta, a pesar de su tradicionalismo y su fiel observancia religiosa. Solía bromear con palabras como abnegación, con un humor ácido, aunque muy divertido, porque tenía mucha gracia. En una de las puertas de su armario, de cara al interior, tenía enganchada una viñeta de Quino en la que aparecía una mujer barriendo la casa, con pañuelo en la cabeza y delantal, cantando “Yooo soy rebelde porque el mundo me ha hecho asííí…”.

Mi abuela, que era de Barbastro -eso imprime carácter-, en el período que va desde el fallecimiento de su marido a la guerra civil española siguió pasando las vacaciones con sus hijos en la casa pairal de la familia, en la plaza mayor de Manlleu, el pueblo natal de mi abuelo, y el mismo año que le hicieron esta foto a mi madre le regalaron un patinete plateado que fue la sensación del verano. Aquella niña despierta y decidida estaba deslumbrada y empeñada en estar a la altura de aquella maravillosa obra de ingeniería, seguramente alemana, como el Mercedes de Rudolf Caracciola, diseñado por Ferdinand Porsche, y se lanzó por las pendientes a una velocidad endiablada. La gente del pueblo, contaba ella, feliz, la llamaban La nena del patí de plata.

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