david 1991

Soy de natural optimista con mi trabajo; a veces, incluso peco de ingenua. Siempre pienso que podré con esa traducción peliaguda, que cumpliré ese plazo ajustado (y en consecuencia llegaré a fin de mes sin demasiados malabarismos). Por supuesto, la vida suele freírme a imprevistos y ponerme palos en las ruedas (como a todos), pero voy saliendo más o menos airosa. Llevo más de 25 años trabajando en casa, y aunque no soy doña ordenada, he conseguido tener un método, una rutina más o menos estable (menos en los días de vorágine justo antes de una entrega, claro). Pero ahora esta semana de encierro impuesto ha venido a trastocarlo todo. Tiene sus cosas buenas, cierto, como lo de tener a la familia en casa 24 horas, hija pródiga incluida (y llegada por los pelos). Y me considero afortunada: me sobra el trabajo, tengo terraza y perro para airearme y libros acumulados para varias pandemias. Pero, a pesar de que llevo retraso con una entrega, no consigo concentrarme del todo. Duermo fatal: yo, que siempre me he ido durmiendo por los rincones, que he funcionado a base de café en vena, que he temido que mi hipersomnia rayara en la narcolepsia, paso ahora unas noches llenas de inquietud y de sueños estrafalarios, y los días luchando por no caer estocinada sobre el teclado. Y cuando consigo permanecer despierta, me cuesta un montón concentrarme, me atasco casi en cada frase, me distraigo con el vuelo de una mosca, me engancho a las noticias, me quedo mirando el vacío. Y lo más sorprendente: sufro. Yo, que nunca me he tenido por muy sufridora, sufro ahora por los míos, por la familia y los amigos; por mi profesión y todas las demás, por el mundo que hemos conocido hasta ahora. Qué extraño se me hace todo esto. Glups.

Llevo días intentando explicar eso que tan bien describe Patricia Antón de Vez. Yo también trabajo en casa: en un estudio que está a pocos metros de mi domicilio. También soy afortunado, porque vivo en un pequeño pueblo del Ampurdán, lo que convierte el acto legal de pasear a nuestras mascotas -tenemos dos perras- en un agradable paseo por la naturaleza, que estos primeros días primaverales está exultante. Las amapolas parecen haber abandonado sus escondrijos invernales y se muestran por doquier, como si les hubieran levantado el confinamiento, y el verde es más verde y los árboles de hoja caduca muestran sus brotes con orgullo, preparados para el gran espectáculo. Desde la ventana de mi dormitorio veo cada día crecer la glicina, la morada, la blanca va más lenta. Pero, como le pasa a Patricia, me cuesta mucho concentrarme. A pesar del idílico entorno hay un extraño silencio y me invade una sensación de irrealidad que me hace pensar en Cortázar y su terror cotidiano, aquel que se manifiesta a plena luz del día, sin necesidad de claroscuros intimidantes ni sobresaltos musicales. Ahí está el enemigo, acechando, invisible, amenazando a nuestros seres queridos, entre los que me incluyo.

Toda mi vida he intentado llegar a un compromiso razonable -no es esa la palabra- entre mi manera de ver el mundo y cómo es en realidad. Entre la sociabilidad y la misantropía. El mundo mundial nunca me ha gustado; ni el franquismo en el que crecí, ni la democracia que le sobrevino, ni el liberalismo, la globalización y el mercado del arte, y esa fue la razón por la que abandoné mis estudios universitarios en el último curso y me fui a vivir fuera de Barcelona, a una casa aislada en mitad de las montañas de La Garrotxa, sin electricidad ni agua corriente. Ahí empezó un aislamiento que, poco a poco, se fue moderando, hasta ahora, pero aquella primera vez conseguí realizar un sueño convertido en chiste: “Que se pare el mundo, que yo me bajo”.

Ahora, inesperadamente, el mundo se ha parado y no sé qué hacer.

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