Cabeza de Menina 1996

Mis noches de confinamiento no son plácidas y me despierto con frecuencia. Entonces leo, pero me cuesta concentrarme. A veces tomo algunas notas y con frecuencia recurro al ordenador portátil y busco documentales y entrevistas. Joaquín Soler Serrano entrevistando a Jorge Luis Borges -”No me llame maestro, llámeme Borges,”-, Montserrat Roig a Núria Espert, Joaquim Maria Puyal a Alicia de Larrocha. Estos últimos días he visto también algunas conferencias de Fernando Castro, profesor universitario en Madrid, crítico de arte, comisario de exposiciones y colaborador del Reina Sofía y del MoMA, por lo que nos dice. Me las han recomendado. Sorprendentemente, comparte mi punto de vista sobre Van Gogh y Barceló. No es frecuente, y menos con ese currículum. No sé cuánto hay de distracción o de genuino interés en todo ello. La penúltima noche ha sido sin duda la más intensa de todas: vi una película documental de una directora de Reus llamada Alba Sotorra, titulada Comandante Arian, que cuenta la historia de un grupo de mujeres kurdas que han constituido una milicia armada, la YPJ -Unidades de Defensa de la Mujer-, para combatir al Estado Islámico en el norte de Siria. Luchan contra algo más. Cuando Arian -”Fuego”, en kurdo, es su nombre de guerra- tenía doce años fue testigo de un suceso horrible: un grupo de hombres violaron en su barrio a una niña de su edad. Se quedó embarazada. Su familia la asesinó, para proteger su honor.

El día que las camaradas vinieron a recogerme fue un momento muy difícil para mi madre. Ella intentaba disimular. Su hija se iba para siempre. Cuando entré en la habitación noté el silencio. Mi madre había estado llorando. Había una camarada sentada a su lado. Yo también me senté. La camarada me dijo que la acompañase a la otra habitación; una vez ahí, me dijo: “Arian, ¿estás preparada?”. Sentí que tocaba el cielo con las puntas de los dedos. Fui corriendo y cogí a mi madre de la mano. Ella me miró y me dijo: “Mira como es mi vida y toma la decisión que creas que es mejor para ti.”

Es difícil explicar la belleza de estos rostros iluminados débilmente por la luz parpadeante de una hoguera, tan próximos, tan familiares y, al mismo tiempo, tan lejanos, y la elegancia de sus gestos, incluso en el combate, y la determinación de sus miradas. Pero lo consigue. Y también retrata con delicadeza la tristeza y la alegría en el límite de la existencia, Esta película no la podría haber hecho un hombre. No somos iguales, pero deberíamos tener los mismos derechos. Cuando los hombres consiguen una victoria la celebran, cuando lo hacen ellas lamentan estas muertes inútiles -los enemigos abatidos, ¡son tan jóvenes!- y les invade la melancolía. Se sientan en el suelo, con la espalda apoyada contra una pared desvencijada y la mirada perdida. “Tenemos un objetivo”, dice una de ellas, más tarde, o antes, y no está hablando de objetivos militares. En un rincón de Oriente Medio se está librando una batalla con kalashnikovs por la dignidad y la libertad de la mujer, y no nos hemos enterado. No nos enteramos de nada.

El amor no consiste sólo en cosas sencillas, como casarse o hacer el amor. Si la tierra sobre la que construyo mi casa está amenazada, ¿cómo voy a proteger este amor?

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