Darnius - Photo Maria Alzamora-
Foto Maria Alzamora

Hace años que empiezo muchos libros y acabo muy pocos. No busco la gran novela americana, ni al nuevo Joyce, no busco nada, pero espero encontrar algo: un libro, una película, una exposición o un concierto que me haga mejor persona. Si no lo logra, es entretenimiento, y no es eso lo que busco. A lo mejor debería hacerlo. Estos días de confinamiento me ha pillado sin un buen libro en las manos, lo que, unido a mis dificultades de concentración -estoy asustado-, ha hecho un poco más difícil este exilio involuntario. ¡Quién pillara ahora Una educación, de Tara Westover, Testamento de juventud, de Vera Brittain, La chica salvaje, de Delia Owens. o Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue!, por citar algunos de los títulos que he leído recientemente y me han impactado. En su lugar, he abierto y cerrado obras de autores consagrados (el peor de los adjetivos calificativos) y he vuelto a tener la impresión de que sus agentes y editores les apremian para que produzcan regularmente y eso, en demasiadas ocasiones, va en detrimento de aquella calidad que una vez tuvieron. Poco a poco se va apagando su brillo. ¡Qué lástima!

Hace muchos años que digo que el peor enemigo del arte es el mercado.

Soy un lector compulsivo. Acabo un libro y empiezo otro, a veces los simultaneo, y constato una y otra vez que a la inmensa mayoría les sobran páginas. Los escritores deberían aplicar algo que los pintores aprendieron hace siglos: se dibuja igual de bien, si no mejor, con la goma de borrar que con el lápiz.

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