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La foto es del verano de 1980. Tenía 29 años y hacía cuatro o cinco que había dejado Ciencias Económicas en el último curso. Desde entonces, había vivido un año en el Berguedà y otro en La Garrotxa, en condiciones muy precarias, y había expuesto dos veces, con un éxito moderado. “Me gusta más lo que vas a hacer que lo que estás haciendo”, me dijo el director de la galería. No está mal. Mientras tanto, Montgomery Marvin, el protagonista de El profesor de Harvard, la novela de John Kenneth Galbraith, acabó su carrera brillantemente -cum laude- y entró en el claustro de profesores de Harvard, mientras desarrollaba con la ayuda de su mujer una teoría económica revolucionaria. De paso, se hizo rico, pero eso fue más adelante.

Las tres semanas que Marvin dedicó a Dallas aquel verano figuraban entre las más instructivas de su carrera académica. Presentándose, bastante verosímilmente, como un joven profesor de Harvard interesado en las perspectivas económicas de Texas, entrevistó a altos funcionarios de la banca, entre ellos a los del Republic Bank Corporation y del Interfirst, dos gigantes que acabarían por fusionarse. Y también a los directores de dos de las más expansivas asociaciones de ahorros y préstamos…, los lucrativos, como metafóricamente los llamaban. Y conoció a varios de los más destacados promotores inmobiliarios, cuyos altísimos edificios eran tan maravillosamente visibles.

A aquellas torres de cristal acababa de renunciar yo. El problema no es por qué no acabé la carrera, si no por qué la empecé. Creo que tiene alguna relación con el servicio militar obligatorio, vigente en aquella época. Antes de incorporarme a filas, me moví un poco para intentar evitarlo -quería ser consecuente con mis ideales pacifistas- y encontré un hotel en Londres donde admitían objetores de conciencia para hacer trabajos básicos. Yo no sabía inglés, así que no podía aspirar a nada mejor. Pero me faltó valor. La realidad, impuesta desde el exterior, tiraba de mí con fuerza. Mis ideas, en el fondo, eran demasiado trascendentes y ser consecuente con ellas implicaba un cambio de paradigma radical. Me licencié en 1975 con el grado de sargento. ¡Sargento! Yo no era sargento, pero tampoco economista, así que decidí acabar con aquella vida que no era la mía. Mi condición de pintor fue una buena coartada para mirar la vida desde fuera, buscando algo de sentido al sinsentido, porque lo poco que había aprendido en la universidad era muy inquietante: nuestro sistema social está basado en una mala distribución de la riqueza deliberada y mezquina. Hay pocos ricos porque hay muchos pobres; y eso lo gestiona un ente tan inconsistente como es el mercado de valores.

Entre entrevista y entrevista, y por las noches, él y Marjie devoraban los artículos periodísticos, informes anuales, folletos de las compañías, discursos fotocopiados y otros materiales publicados e inéditos, y, trabajando con sus ordenadores, aplicaron los tests que medían el grado en que el éxito reforzaba la ilusión para mantener la credulidad.

Marvin y Marjie (sí, Marjie, no Margie; a él le llamaban por el apellido, porque era demasiado serio para llamarle Monty), estudiaban la inconsistencia como método para invertir en Bolsa. Y les funcionaba. La credulidad es insustancial, pero mueve el mundo. Yo detesto la estupidez en altas esferas de responsabilidad y eso se le parece mucho, pero así es la cosa.

Nunca habían visto con tanta claridad los elementos esperados. La seguridad del beneficio, procedente de un indiscutido amor propio… La natural recompensa a la iniciativa y a la visión. El pesimismo rechazado como una negación de la personalidad. La ilusión reforzada por ilusiones compartidas. La seguridad reforzada por la seguridad compartida.

Es impresionante lo frágil que es este entramado.

Pero aquí intervenía también la teología. Tener dudas equivalía a repudiar los dogmas establecidos. El hombre bueno debe tener fe en Texas, fe en América, fe en el sistema de la libre empresa, y fe en el petróleo, la fuente de energía de la que dependía la movilidad de un pueblo que había olvidado la existencia de otro movimiento que no fuera el provocado por la energía del petróleo. Pero especialmente fe en Texas. La duda pertenecía al frío y atrofiado Norte, a las razas inferiores allende el sol.

¡Teología! Mientras los Marvin analizaban datos tan etéreos y, sin embargo, tan prácticos, Dire Straits sacaba Walk Of Life y John Kennedy Toole su magistral La conjura de los necios. Yo no sabía qué hacer con mi vida, pero estaba aprendiendo a estar. Ser era más difícil. El mito del artista facilita cualquier tipo de extravagancia y yo empezaba a ser considerado pintor. Ya se sabe cómo son los artistas. Raros. Bohemios. El año anterior había vivido en Ordis, en el Alt Empordà, en una casa alquilada de la que me desalojaron cuando la vendieron. Fui un daño colateral. Con el tiempo te acostumbras. Pasé unos meses en Nueva York, en casa de un amigo, otros en el Montseny, en una casa que tenían mis padres, hasta que aterricé en el camping La Ballena Alegre, entre Empúries y Sant Pere Pescador, contratado por el novio de una amiga para ayudarle a llevar una escuela de windsurf. Una carrera meteórica.

Para los bancos y cajas de ahorro y préstamos existía aún otro apoyo a la fe, más sustancial incluso que las creencias establecidas: el gobierno de los Estados Unidos. Él era el que garantizaba los depósitos en los bancos y en los “lucrativos”. Si algo iba mal, el dinero de los depositantes seguiría en su sitio. De ello nacía la seguridad de que a ninguna institución financiera realmente grande se le permitiría quebrar. De manera que los negocios podían expandirse, y podía correrse toda clase de riesgos, sin el temor o la idea de un final ruinoso. Libre empresa, sí, pero con el último y benigno apoyo del socialismo.

Buscaba algo, ¿por qué no en la playa? Aquel verano, lejos de Wall Street, fue inolvidable. Durante el día daba clases a principiantes y alquilaba planchas; salía a navegar al atardecer, cuando el mar platea, y leía, también al caer el día y la luz es rosada y favorecedora; el tiempo se detuvo en este rincón de la bahía de Rosas y fui feliz, rodeado de amigos y amigas que también estaban de paso. Recuerdo una conversación con mi padre, no sé en qué contexto, ni dónde; me dijo: “Creo que estás preparado para hacer cosas mejores que esta”. ¿Mejores que esa?

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