Todos los héroes son anónimos

Hoy ha amanecido gris, encapotado, y la zona del Alt Empordà donde vivo parece un rincón de Yorkshire, pero la temperatura es agradable y he salido a caminar con las perras, como cada día. Nos rodea un silencio extraño; un silencio creado por el hombre, porque la naturaleza estos días de confinamiento general está exultante. Para mí, caminar es un espacio de reflexión.

Todo, o casi todo, tiene un precedente. Esta pandemia nos remite inexorablemente a la de 1918, mal llamada gripe española, que provocó una catástrofe humanitaria colosal debido a intereses militares. Surgió en 1917 en un campamento militar de Kansas y se propagó con enorme virulencia -nunca mejor dicho- y rapidez en el momento en el que Estados Unidos acababa de entrar en la Gran Guerra. El presidente Wilson sopesó la posibilidad de no enviar tropas a Europa, porque estaban en su mayor parte infectadas, pero ganó la causa bélica y un millón y medio de soldados americanos partieron hacia el viejo continente, donde el virus causó cuatro veces más muertes que la propia guerra, que ya es decir. Estamos hablando de cuarenta millones de seres humanos, pero la Historia, la que va con mayúscula, no habla de esto. La censura militar de la época prohibió mencionarlo y no existía WikiLeaks. Es como si la censura todavía actuara. No la de ahora, aquélla.

¿Olvidaremos también nosotros la pandemia de 2020?, le pregunto a Molly, que trota a mi lado, mientras Miss Brown persigue animales reales e imaginarios a una distancia considerable. Estos días me cuesta concentrarme y repaso febrilmente mi biblioteca en busca de algo que me haga olvidar por un momento lo que está pasando. No quiero admitirlo, pero busco distracción. Naturalmente, no la encuentro y pasan por mis manos lanzamientos editoriales recientes que, por una razón u otra, compré y no logré leer, y vuelven a su lugar, en las estanterías. Se publica demasiado. Hay poco rigor editorial. Me estoy yendo por las ramas, pero voy a seguir haciéndolo, a ver dónde me lleva la corriente. Molly asiente, comprensiva, está acostumbrada a mis desvaríos, y se aleja buscando aventuras más excitantes. Esta mañana, antes de salir de casa, he ido retrocediendo en el tiempo y cerca de antiguas ediciones de Hermann Hesse y Aldous Huxley (las compré nuevas), me he detenido en un libro de Luis Racionero de 1977, Filosofías del Underground.

Atrincherado en su legislación represiva y en su fuerza coercitiva, el sistema ha desbaratado todo intento de pasar de las ideas a los actos, de las flores a los dólares, del festival rock al situacionismo callejero. -La jerga, no sé si llamarla así, es típica de aquella década, heredera de la anterior, que es donde pasaron los hechos. Ahora cuesta un poco de leer, pero ¡es tan auténtica!-. De la praxis social y vital de la contracultura poca cosa queda ya: la música rock se ha utilizado como tinglado comercial a consumir en discos, en vez de como catarsis shamánica desrepresora; las drogas psicodélicas se han adulterado para destruir a sus usuarios; las comunas, lejos de arraigar en la ciudad y ser un medio de producción alternativa, se han postergado a inocuos enclaves bucólicos; las filosofías oriental y hermética se han banalizado en harekrishnas y horóscopos. En pocos años el “Big Brother” policial, de la mano del Moloch comercial, han neutralizado y asimilado lo que parecía el nacimiento de una cultura. Sometida, mixtificada, endulzada y prostituida, esta contracultura no es más que el patético despojo de aquella fiesta florida que muchos celebramos entusiasmados cuando empezábamos a creer en la inminencia de un cambio social conseguido a través de esta incipiente revolución cultural.

Mientras el camino se empina en dirección a las montañas de la Garrotxa, de tonos azulados y violáceos, pienso en Woodstock y en Pablo Iglesias y el 15M. ¿Qué queda de aquel sueño? Cielos atiborrados de aviones soltando combustible y mares contaminados sobre los que navegan, indolentes, cruceros enormes que son ciudades en movimiento. Cualquier día Pablo se despertará y se dará cuenta, horrorizado, de que no queda nada, todo habrá sido engullido por el sistema, una vez más, esta vez con él dentro.

El mayo del 68 nos dejó imágenes de violencia callejera en blanco y negro y un lema: “PROHIBIDO PROHIBIR”, puro idealismo ácrata; Woodstock, rodeado del mejor rock&roll de todos los tiempos, también tuvo el suyo: “HAZ EL AMOR Y NO LA GUERRA”, un sabio consejo; el 15M, plazas ocupadas por jóvenes y no tan jóvenes que decían “ESTO NO ES UNA CRISIS / ES UNA ESTAFA”, una frase de una lucidez impresionante, y esta mañana, desayunando, he leído en internet “NO PODEMOS VOLVER A LA NORMALIDAD / PORQUE LA NORMALIDAD ERA EL PROBLEMA”.

Abandonamos el camino principal y los amplios horizontes y tomamos un sendero que desciende entre encinas, robles y pinos, y diez minutos más tarde se abre un claro con campos de cereal a ambos lados; las mieses llegan ya al metro de altura. Nos sobrevuela una pareja de rapaces. Pronto llegarán las garzas. Luego el camino asciende de nuevo entre árboles hasta dar con una masía en ruinas y, junto a ella, aparece de pronto un campo de colza que exhibe descaradamente su amarillo imposible, tomado de una paleta que no tiene nada que ver con ninguna de las conocidas por estos lares. A su lado, palidecen los alysiums y las amapolas, tan bellas y tan frágiles. Me doy cuenta de que no se ven aviones en el firmamento. Vivo relativamente cerca del aeropuerto de Girona y hace años que forman parte del escenario.

Hace unos días vi por televisión a nuestro rey vestido con uniforme de campaña, de esos de camuflaje, parecía querer matar virus a cañonazos. El paisaje cambiante parece alimentar la dispersión mental. En mi pueblo los entierros son muy humanos. Se celebra el funeral en la iglesia románica de Sant Julià -el románico es el más humano de los estilos arquitectónicos-, se saluda a la familia a la salida, en la plaza, y poco después se camina lentamente hacia el cementerio, que está a unos trescientos metros. Normalmente en silencio, pero también se habla, en pequeños grupos y siempre en voz baja. Hace unos años caminaba en uno de ellos cuando se puso a mi altura un vecino. No sé su nombre, pero lo conozco bien. Cerca ya de nuestro destino oí que decía: “Es que si no, ¡no cabríamos todos!”.

No sé cómo procesar toda esta información. Molly y Miss Brown corretean alegremente mientras yo trato de meter todas estas palabras y situaciones y argumentos y reflexiones personales en una coctelera, que agito con energía -es un gesto elegante, si sabes hacerlo bien, que no es el caso-, sin dejar de mirar las piedras de color pardo claro que rodean la era, frente a la puerta principal de la masía abandonada. Es muy bonita. Acerco el recipiente a la nariz y huelo su contenido; sé que no debe ingerirse bajo ningún concepto, es terriblemente indigesto. En el aroma está la sustancia.

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