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Escribo directamente en el blog. No lo hago nunca. Hace unos días empecé a pintar de nuevo, como he hecho muchas veces a lo largo de estos últimos cuatro años, desde que acabé la exposición dedicada a Ramon Llull en la Fundació Vila Casas. Cuando terminó aquella ambiciosa muestra, cumplí con algunos compromisos que tenía apalabrados -la preparación de L´escala de l´enteniment me llevó varios años- en Holanda, Bélgica y Sant Andreu de Llavaneres, y entré en una profunda crisis creativa. No me salía nada, sólo el mismo cuadro de ayer, día tras día, semana tras semana, y eso no me vale. Así, he ido acumulando fracasos y he coqueteado seriamente con la idea de dejar la pintura. ¿Por qué no? Nunca quise ser pintor, ni siquiera me gusta el mundo de la pintura y el término “artista” me hace sonrojar. Pero sé pintar, o sabía, y la profesión, si se puede llamar así, yo creo que no, me escogió. Cuando empecé a trabajar en serio tomé como una de mis referencias a Marcel Duchamp. No a sus ready mades, que considero “chistes de estudiante”, como decía Ernst H. Gombrich, sino al autor del Desnudo descendiendo la escalera y, sobre todo, al artista que dejó de crear en la cúspide de su carrera (no pongo comillas porque no acabaría nunca) para dedicarse a jugar al ajedrez en Cadaqués. Recuerdo que me prometí a mi mismo que, alcanzado un cierto reconocimiento, haría lo mismo.

Lo del reconocimiento lo estropea todo. Además, no sé jugar al ajedrez.

Hace unos días, en pleno confinamiento, volví sobre varias telas de gran formato que he ido revisitando a lo largo de esta travesía del desierto y he seguido trabajando en ellas, con la tranquilidad que da el no tener nada que perder. Siempre me quedará la escritura. Y ha sucedido. No sé todavía qué, pero ahora mismo, en el estudio, miro a mi alrededor y veo cosas que no había visto nunca.

La incorporación de estas geometrías blancas que sujetan la figura central, que ahora sostiene en la mano izquierda un cuadrado rojo -que dará título a la obra-, ha dado un vuelco a todo mi trabajo en dos dimensiones. Por otro lado, el cuadrado tiene una simbología luliana de representación de una verdad esencial que casa perfectamente con el icono de feminidad de la menina; que, estructuralmente, oh casualidad, también es cuadrada.

Dos apuntes más. El primero: vuelvo una y otra vez sobre trabajos supuestamente acabados (esta tela, por ejemplo, estuvo expuesta en Bélgica en 2017, en un estado anterior) porque creo en la premisa de Valéry: “Un poema no se termina, se abandona”; y dos, consecuencia del anterior: todas mis obras deberían llevar el título Work in progress.

 

 

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