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No sé cómo ponerme. No acabo de encontrar la postura. ¿Estoy confinado? ¿Los artistas somos elementos de primera necesidad, de segunda, de tercera regional o somos prescindibles? ¿Podemos salir a la calle de dos en dos? En mi estudio pasan cosas, por fin, lo que sin duda es una buena noticia, pero no tengo mucha energía y trabajo poco. Leer me cuesta una barbaridad, aunque empiezo libros cada día. He leído la mitad de Los lanzallamas, de Rachel Kushner, y qué quieres que te diga. Ha sido un fenómeno en medio mundo, todos los medios culturales lo recomiendan, su protagonista es artista y motero, como yo, pero se me ha caído de las manos. Hoy en día ser original y un poco heterodoxo, dentro de los límites del mercado, es lo normal, lo moderno, pero la transgresión viene impresa en rústica o la exponen en las tranquilizadoras salas isotérmicas del MoMA. Richard Ford, eterno candidato al Nobel, fue profesor de literatura creativa, o algo parecido, ¿por qué todos lo son o lo han sido? El príncipe Carlos de Inglaterra dijo en cierta ocasión que los arquitectos no trabajan para la gente, sino que lo hacen para sus compañeros de curso. Lo criticaron ferozmente, pero eso mismo hacen los escritores, pintores, escultores y los que practican el Land Art, como Reno, la protagonista de Los lanzallamas. El problema de leer en este estado emocional al que nos ha arrastrado el coronavirus -habrá que encontrarle un nombre- es que no estás para bromas. Tonterías, pocas. O tu libro me cambia la vida o paso al siguiente. Vermeer, Chillida y Leonard Cohen cambiaron mi vida, como la Iberia de Alicia de Larrocha y la de Alba Ventura el año pasado, en Camprodón, o Narciso y Goldmundo, de Hermann Hesse, hace mil años, porque me hicieron mejor persona. Soy la suma de todas esas experiencias, aunque a veces tengo la sensación de que dedico más tiempo a restar que a sumar, porque borrar del paisaje cotidiano la impostura y la estupidez del entorno me exige un esfuerzo descomunal y un tiempo precioso que podría dedicar a escuchar buena música y leer bellos poemas. Pero, ¿dónde están? Acabo de terminar un libro subtitulado Un ensayo sobre arte contemporáneo (este lo he escrito yo) y una de sus tesis es que el arte está en cualquier parte, menos donde nos dicen que está, por eso cuesta tanto encontrarlo.

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