dibujo de damero

Estos días de confinamiento me cuesta concentrarme en la lectura y las novelas se me caen de las manos, Me resulta difícil identificarme con héroes que habitan un mundo sin enemigos microscópicos acechando por doquier. ¿Quién puede superar eso? Los ensayos aguantan un poco más, pero no son distraídos, que es lo que en realidad me iría bien. En fin, un lío. Leyendo, a ratos, la biografía de Hannah Arendt, de Laure Adler, me he tropezado con nombres míticos, como Martin Heidegger, Edmund Husserl y Walter Benjamin. Me gustaría preguntarles qué está pasando, porque yo no lo entiendo. Y, ya puestos, le haría la misma pregunta a Kierkegaard, Adorno y Wittgenstein. La mayoría son poco más que nombres, para mí, en el mejor de los casos asociados a un concepto, como la lucha de clases de Marx, el imperativo categórico de Kant o la razón poética de María Zambrano. No sé lo que busco.

De Ludwig Wittgenstein me sé el nombre de un libro, Tractatus, el único que publicó en vida, que naturalmente no he leído, y una frase: “Todo aquello que puede decirse, se puede decir con claridad; y sobre aquello de lo que no podemos hablar, mejor es guardar silencio”. Son unas palabras admirables, desde todos los puntos de vista. Las encontré hace años en algún lado -creo que en un libro de Félix de Azúa- y las transcribí para un texto que estaba escribiendo sobre arte contemporáneo, dedicado a la crítica, tan aficionada al lenguaje críptico. En el fondo, los críticos de arte no hacen más que tratar de explicar lo inexplicable; lo que, en cierta manera, es heroico. El pequeño Ludwig fue compañero de clase de Adolf Hitler y conoció bien a Bramhs, Mahler y Shönberg, que eran amigos de la familia (no así el führer), y su hermano mayor, Paul, fue un gran pianista, pero tuvo la desgracia de perder un brazo en la I Guerra Mundial. Inexplicablemente siguió tocando, y al parecer triunfando, lo que debe de ser un caso único en la historia. Maurice Ravel compuso para él en 1931 su famoso Concierto para piano para la mano izquierda. Gustav Klimt pintó el retrato de su hermana Gretl, en 1905, con motivo de su boda. Es una de sus mejores obras y el tratamiento del vestido lo convierte en uno de los más bellos de la historia de la pintura. Pero por encima de estas extraordinarias circunstancias familiares, Wittgenstein fue un espíritu libre e independiente, que no sé si es lo mismo. Renunció a su herencia, que era brutal (su padre era el rey del acero en el imperio austro-húngaro), repartiéndola entre dos de sus hermanos, a los que obligó a comprometerse a no devolvérsela bajo ningún concepto, y fue capaz de ganarse la vida honradamente. A veces los gestos definen mejor a un hombre que sus actos. Fue ingeniero aeronáutico, filósofo, músico, arquitecto, matemático, escultor, héroe de guerra (eso se lo perdono porque cuando estalló la Gran Guerra era muy joven y tres de sus cuatro hermanos varones se suicidaron, lo cual explicaría en parte su temeridad) y cualquier cosa que se le pusiera por delante, porque su curiosidad existencial no tenía límites.

Eso y aquel silencio al que consagró su vida, tan parecido al que nos envuelve ahora.

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