retrato Ima 1979 - copia
Foto Ima Sanchís

En 1980 viajé de Montreal a Sherbrooke en un Voyageur -el equivalente del Greyhound yanqui-, recreándome en la sensación de ir a cualquier lugar que se me antojara. Llevaba varias semanas viajando solo y el tiempo de vagabundeo que tenía frente a mí no tenía más límite que el dinero que llevaba encima, que no era gran cosa. Hoy, cuarenta años más tarde, que se dice pronto, leyendo La ternura de los lobos, de Stef Penney, me entero que en los siglos XVIII y XIX -e incluso antes- llamaban voyageurs a los pioneros irlandeses, escoceses y franceses que se dedicaban al transporte de pieles en canoas hechas de corteza de abedul, sobre una estructura de madera, en el inicio de su viaje hacia Europa, donde sofisticadas damas las lucirían en soirées inolvidables. Sobre todo en la Canadá francófona, de ahí su nombre. Eran seres legendarios, como los cowboys o los gauchos que la historia y el cine han convertido en mitos.

Mi Voyageur, aquel soleado día de principios de verano, era bastante más confortable que una canoa india surcando el St. Mary´s desde la bahía de Hudson hacia Montreal, en sentido contrario al que nosotros llevábamos. Atravesamos colinas, bosques interminables y lagos, uno detrás de otro; un poco monótono, pero bello. Pocas veces me he sentido más libre que en Quebec. Tenía amigos en Rock Forest, que está muy cerca de Sherbrooke, y les anuncié mi visita. Era una pareja budista, de Mallorca, de retiro voluntario en cualquier lugar del mundo. Podían permitírselo y lo hicieron. No me esperaban. En realidad, no esperaban a nadie. Estuve tres o cuatro días con ellos. Dormía en una habitación vacía, con una manta en el suelo y otra más liviana encima, y me sentaba en su mesa en un taburete prestado. Sólo tenían dos sillas. Y silencio. Y el Omm con el que empezaban todas sus comidas. Una de aquellas noches tuve un sueño que recuerdo muy bien porque fue muy vívido y porque lo escribí al despertarme, en un cuaderno de dibujo, para que no se esfumara como se desvanecen los sueños, sin dejar huella. He tratado algunas veces de escribir algo digno con aquellas frases caligrafiadas apresuradamente, pero nunca he tenido éxito. Esta noche pasada he soñado que soñaba aquel sueño, en el que evocaba una relación fracasada, que yo creía superada, hasta que me llegó el olor de una mujer impregnando las sábanas. Esa coincidencia del sueño que soñé que había soñado y el libro que estoy leyendo me ha llevado frente al teclado. Por cierto, no había sábanas en aquel lecho improvisado, pero sí una almohada. No estoy seguro de que los sueños tengan olor; debería saberlo, porque estos días de confinamiento sueño mucho más de lo normal.

Aquel día estuve todo el día abrazado a la almohada, como Linus, paseando por caminos casi desiertos mientras mis amigos meditaban, hasta que al día siguiente, por la noche, me acompañaron a Sherbrooke, donde había una fiesta country, y me dejaron ahí, de nuevo solo. Yo no sabía nada de este tipo de fiestas, en las que todo el mundo baila al son de las indicaciones de un speaker, que va explicando el siguiente paso. Son muy divertidas. Cada cinco o seis bailes las chicas sacaban a bailar a los chicos. ¡Tuve éxito! Me sacaron a bailar varias veces y acabé intimando con una chica con una sonrisa muy expresiva. Sus facciones -lamento decir que apenas la recuerdo, en aquella época jamás viajaba con cámara, estaba demasiado celoso del presente como para proyectarlo en el futuro, que es lo que suelen hacer las fotografías- cuando estaba seria eran un poco duras, cinceladas, más que dibujadas, pero cuando sonreía se transformaba por completo, se iluminaba toda ella y entonces me parecía irresistible. El secreto era hacerla reír. Y nos reímos mucho. Le gustaba mi francés, sobre todo cuando cambiaba sin querer del tuteo al usted. Siempre digo s’il vous plait. Debería haberme quedado allí, con ella, sólo de esa manera hubiera podido exorcizar aquel sueño, pero pasados unos días decidí proseguir mi camino en solitario, esta vez hacia Québec Ville, con la vista puesta en Girona. Pero eso yo no lo sabía.

En Canadá abundan los salmones. El noventa por ciento de estos animales extraordinarios recorren a lo largo de su vida miles de kilómetros, del río al océano y de este de nuevo al río, para regresar al lugar donde nacieron, donde se reproducen y mueren, exhaustos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s