Blanquerna I

Antes de transcribir una reflexión del pianista Joaquín Achúcarro, que acabo de leer, debería escribir una introducción para entrar en calor. Escribo así, armando puzzles, a veces funciona y otras no. Tendría que ser algo poético: una descripción de un paisaje singularmente bello, una experiencia personal notable, un concierto inolvidable, una puesta de sol -eso está muy visto, pero es una fuente inagotable de inspiración-, una conversación, una carta, la contemplación de una obra de arte, la ocurrencia genial de un niño, un paseo solitario por el monumento a Walter Benjamin, en Portbou, un día soleado de primavera, al que he llegado en moto, y el regreso al atardecer por la carretera que bordea la costa, con el mar azul ahí abajo, a mi izquierda. O un recuerdo de adolescencia, de mis veraneos en Vilassar. Mi hermano y yo teníamos un vaurien, un barco de vela ligera de unos cuatro metros de eslora, con el que regateábamos los domingos. Algunos días, a media tarde, bajaba al Club Náutico, que estaba muy tranquilo -por las mañanas era un hervidero de actividad, entre bañistas y barcos como el nuestro que entraban y salían sin parar-, lo aparejaba sin foque, sólo con la vela mayor, y salía un rato a navegar, solo. Cuando el día declinaba, lentamente -el tiempo en la adolescencia discurre con cierta languidez, sobre todo en verano-, el mar coge un tono plateado y si el viento acompaña el velero surca estas aguas aceradas con elegancia y decisión, rumbo a ninguna parte, con el horizonte ahí, al alcance de la mano, lleno de sugerencias emocionales y filosóficas. Al final ha sido una puesta de sol, después de todo.

“Uno de los primeros axiomas que fui descubriendo es que en el acorde más fortísimo ha de haber por lo menos una nota piano para que el acorde suene bien y no estridente o chillón. Al final en la vida todo requiere de cierta delicadeza”. Se lo dice Joaquín Achúcarro a Gonzalo Lahoz (Platea Magazine, 2016). Yo aplicaría esta máxima a todas las artes. También a las artes plásticas. Sobre todo a las artes plásticas, en las que tanto abunda la estridencia. Detrás de una obra de arte -en el caso de que tal cosa exista, vamos a suponer que sí-, hay una experiencia personal que, convertida en composición musical, escultura o danza, ha sido capaz de convertirse en una verdad universal, y para que esa alquimia sea posible el poema tiene que ser sutil. He visto obras duras, ásperas, imposibles, pero nunca he visto algo bueno que no tenga ese punto de delicadeza del que habla el maestro Achúcarro.

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