riaño, 1987

Esta pintura de 1987 la titulé Riaño. Por aquellas fechas se inauguró el pantano que lleva el nombre de esta localidad de la provincia de León, cerca de los Picos de Europa. Eso quiere decir que un pueblo entero, con sus casas, su iglesia, su campanario, el ayuntamiento, los huertos, los caminos, los prados, los árboles, las flores, la brisa entre el follaje y la memoria que abraza todos los rincones del vecindario desaparecieron para siempre bajo las aguas. Me conmovió que eso fuera posible y traté de explicarlo con las herramientas que tenía a mano. Nunca he sido muy narrativo pintando, pero a veces me da por ahí. Imaginé mi pueblo de adopción, Ordis, sumergido bajo millones de metros cúbicos de agua, capaces de generar millones de kilovatios para la industria y el consumo doméstico y no me puse a llorar porque soy un tipo duro. El ciclomotor de la izquierda representa el progreso, imparable, las cuatro figuras centrales son generacionales, una de ellas está embarazada, aunque parece llevar el niño en la espalda (cosas del arte contemporáneo), y la pareja heterosexual que asoma a la derecha es cualquier pareja heterosexual capaz de engendrar niñas pensativas y adolescentes con patines. La velocidad. Entre la mujer motorizada de la izquierda y la sexy del traje marrón hay un interruptor que apenas se ve, pero que está ahí, todo ese sacrificio es para que alguien venga y lo accione.

Veinticinco años más tarde me encontré pilotando una KTM SM 990 con mis amigos moteros de toda la vida, llaneando cerca de Soria, entre campos de trigo interminables que pintan de amarillo las suaves ondulaciones del terreno. Nuestro objetivo era los Picos de Europa, una zona mítica para los motards, que vienen de toda Europa. Montañas agrestes, rocosas, grises, de tonos claros, flanqueando valles verdes con ríos caudalosos y carreteras sinuosas de ritmos perfectos, ideales para nuestras monturas, que manejamos con la habilidad que nos dan todos estos años de experiencia. Cuando llegamos a Riaño, el nuevo Riaño, recordé, cómo no, mi pintura y olvidé por un momento lo que pasó, mientras contemplaba las montañas reflejadas en aquel lago artificial. Era espectacular. El tipo de la gasolinera me puso en mi sitio. Le dije, exultante: “¡Cuánta belleza!”, y él me respondió, lacónico: “Sí, para parar, ver y marcharse”.

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