Cuadro Alfonso Alzamora Foto Maria Alzamora 3
Menina Constellation, detalle, work in progress

Mi última crisis creativa ha durado cuatro años. Demasiados, incluso para mí. Me consolaba saber que dejar de pintar era una opción legítima. Además, me he volcado en la escritura, que viene a ser lo mismo que la pintura. Como le oí decir a Àlex Susanna, en la presentación de su poemario Dits tacats, el poema puede surgir de las circunstancias y experiencias más diversas. En este período aparentemente estéril acuñé una frase memorable: “No sé qué pintar, mientras tanto pinto”.

Durante el confinamiento ha pasado algo en mi estudio, lejos del teclado, que creo que puede ser significativo. ¿Casualidad o causalidad? Todo mi universo pictórico, a lo largo de estos cuatro largos años, podría resumirse en una docena de telas de mediano y gran tamaño que he ido revisitando una y otra vez, obsesivamente. Si era capaz de resolverlas habría triunfado, si no me quedaría con la imagen de Marcel Duchamp jugando al ajedrez en Cadaqués, lejos del mundanal ruido, como diría Thomas Hardy. Siempre me ha atraído la misantropía. Tres de estas telas componen una serie que titulé inicialmente Dyptich for a German collector. Efectivamente, en 2016 una coleccionista alemana me encargó una menina, en formato díptico, de una medida determinada, y empecé tres. Una vez acabadas (es una manera de hablar) viajó desde Düsseldorf hasta Ordis y eligió una tela del mismo tamaño y temática que no era ninguna de esas tres. Escogió bien; supongo que percibió la crisis que empezaba a flotar en el aire.

La serie siguió evolucionando y uno de los dípticos se convirtió en Menina Constellation, porque mientras pintaba unos papeles en el suelo alcé un pincel grueso cargado de pintura blanca y el gesto salpicó la tela, que estaba demasiado cerca, dibujando una constelación perfecta, con carro y todo, junto a la figura femenina. Otro pasó a llamarse Menina cúbica, porque utilicé el cuadrado como plantilla para volver a pintar el fondo, y en el tercero incorporé hace medio año la silueta del perro de Las Meninas, de Velázquez, además de pintar un rojo Rohko en buena parte del fondo, que antes era totalmente índigo caligrafiado. Unas semanas después, desesperado, porque no estaba pasando nada importante, decidí seguir arriesgando y en la cúbica dibujé a un lado de la menina el perfil del skyline de Delft, sacado de la obra de Vermeer. Estaba leyendo El sombrero de Vermeer, de Timothy Brook. y todo me daba igual. Me dejaba llevar y aunque los resultados no eran malos tampoco eran buenos. Quiero decir que no había sorpresas. Empezó el confinamiento y el silencio se adueñó de nuestras vidas. El trabajo del pintor y el escritor es solitario, de manera que nada cambió sustancialmente, pero aquel silencio intimidaba. En un arranque de originalidad decidí escribir un diario de pandemia, mientras me sentía observado, y tal vez juzgado, por las telas que me rodeaban, porque escribo en el mismo lugar que pinto. Un día, cogí una menina vertical sobre fondo rojo, que había expuesto en Bélgica en 2017, y le pinté un marco oscuro de un palmo de ancho. La figura se acercó al espectador y, al mismo tiempo, la pared sobre la que estaba apoyada la tela se alejó. Es lo que tienen los marcos: aíslan la composición del entorno, le dan perspectiva y, en consecuencia, profundidad. Me gustó e hice lo mismo con otras dos telas, una de ellas cuadrada. Empezaba a pasar algo. “¡Pepe, agita la coctelera!”, le gritaba el cobrador del tranvía 64 al conductor en la década de los sesenta. Eso quería decir que Pepe pegaba un frenazo y el personal se iba hacía delante, liberando espacio en la parte trasera del vehículo, donde estaba el agobiado administrador.

Las glicinas florecieron y más tarde su flor tapizó el suelo de nieve blanca y morada, el tilo fue cobrando protagonismo hasta cubrir una buena sombra y en los campos de Ordis el cereal llegó al metro de altura, mientras esta colección de telas, las telas del cambio, esperaban algo más que un marco. James Whistler, un excelente pintor americano del siglo XIX, escribió “el arte sucede”, y en este rincón de Europa, en el siglo XXI, no estaba sucediendo. Aristóteles, que era un tipo muy inteligente, no distinguía entre arte y artesanía, y ahí estaba yo, tirando de oficio, pero sin capacidad de trascender. Hasta que un día decidí incorporar un plano geométrico de color blanco, uniforme, plano, sin textura, entre la figura y el marco, a ver qué pasaba. Fue como si se encendiera la luz. Mis pupilas se dilataron y esbocé una sonrisa. Apliqué este nuevo elemento constructivo a las otras telas, excepto a los Dameros, que no lo necesitan -son un grupo de planos geométricos danzando en el espacio, razón por la cual he titulado esta serie Si es música-, y el estudio se fue iluminando y empecé a ir al cuarto de jugar ilusionado, intrigado e interesado. Hacía años que no me pasaba. Por fin las obras eran mejores que yo, habían dejado de ser predecibles.

No sé qué pasará en el futuro, pero estos días entro en el estudio con aquella maravillosa inseguridad de antaño. Abro la puerta por la mañana, temprano, con un café bien caliente en la mano izquierda, mientras la derecha enciende el ordenador y pone música –Women of jazz-, y miro, y paso de la exaltación de la genialidad -yo, que no creo en genios, pero disfruto de sus genialidades- al terror del fracaso en milésimas de segundo.

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