dibujo Tanjore by night II

Llegamos a Tanjore, procedentes de Madrás y Pondicherry, al mediodía. El taxista nos dejó en un hotel y le dimos dinero para que se buscara alojamiento, sabiendo que, como la noche anterior, dormiría en el coche. En India no se alquila un coche para viajar, se pide un taxi. Basta con levantar la mano y el conductor te ofrece el mundo entero sin pestañear. Unas semanas antes, en Calcuta, el taxista con el que cruzamos el Howrah Bridge, un puente que cruzan cada día más de un millón de personas, se enteró que íbamos a volar al día siguiente a Siliguri, para desde ahí subir a Daarjeling y Kalimpong, en la frontera con Sikkim, con el Kanchenjunga de fondo, y se ofreció a llevarnos en su vehículo. Fue difícil convencerle de que no disponíamos de tanto tiempo. Dejamos nuestras mochilas y nos dirigimos al gran templo amurallado Brihadisvara, el centro neurálgico de Tanjore, que estaba a rebosar de gente que nos sonreía al vernos pasar. Creo que aquel día éramos los únicos europeos en el templo. Unos jóvenes universitarios, altos y esbeltos -luego supimos que jugaban en una liga universitaria de baloncesto-, se ofrecieron a acompañarnos y nos mostraron las maravillas que sucedían en cada uno de los subtemplos que forman parte del recinto. Interiores oscuros y misteriosos, a la luz vacilante de las velas, que olían a incienso y especies; había uno, lo recuerdo perfectamente, en el que al entrar tenías que hacer ruido, dando palmadas o carraspeando sonoramente, porque el dios que lo habita es un poco sordo.

Los taxis son también lugares para la revelación mística. Después del periplo a la sombra del Himalaya, viajamos en tren desde Siliguri a Benares y al llegar a la estación, con un retraso de doce horas -en serio, el trayecto era de diez horas y tardamos veintidós- cogimos un taxi para ir al centro y al poco tiempo el taxista detuvo su vehículo en el arcén, compró una guirnalda de flores a un vendedor ambulante, la pasó alrededor de una colorida estampa que tenía en el salpicadero y nos aclaró, con una sonrisa relumbrante: “She´s God”.

El recinto monumental era espectacular, pero lo más atractivo, desde todos los puntos de vista, era la gente. No te cansabas de mirar. Anochecía y la magia del lugar recibió una nueva iluminación, más favorecedora, y corrió la brisa, que suavizó el calor tropical, y se fue apoderando de nosotros una paz lánguida e intemporal. Sentados en el borde de una amplia tarima de piedra, escuchamos a nuestros anfitriones explicar las ventajas del matrimonio concertado, que es más complejo de lo que parece. Mientras veíamos como un elefante colocaba la trompa encima de la cabeza de los parroquianos que pagaban por ello, porque da buena suerte, nos explicaron que sus madres y hermanas les buscaban parejas compatibles, con amor y con la cabeza, no sólo con amor, como hacemos nosotros, los occidentales, y todos tenían derecho a rechazar propuestas, pero esperaban con ilusión conocer a las candidatas. Tal como lo explicaban era algo parecido a una cita a ciegas. Aseguraban que sus matrimonios duraban más que los nuestros y ante aquella aseveración callamos, respetuosos. Era una discusión retórica, que nos ayudó a pasar la velada.

En Bombay, a punto de coger el avión de regreso a Europa, cogimos, cómo no, un taxi para ir desde el aeropuerto hasta el centro. Acabábamos de volar desde Madurai para hacer el enlace y disponíamos de unas horas. No pudimos dejar las mochilas y las bolsas con las compras de última hora en la consigna porque por alguna razón no estaba operativa, pero el taxista, un sij, se ofreció a dejarlas en el maletero de su coche y regresar a la hora pactada, las cinco, para ir de nuevo al aeropuerto. No lo conocíamos de nada, pero llevábamos viajando por India varias semanas y confiamos en él. Anotamos su número: Mumbai 1755, y entramos en el hotel Taj Mahal, que está al lado de la Puerta de la India, para tomar un té y visitar sus interminables vestíbulos. A la hora prevista nos plantamos delante de la entrada principal y el conserje, que parecía un mariscal de campo con uniforme de gala, nos preguntó amablemente si queríamos un taxi y por primera vez nos cuestionamos si nuestra decisión había sido correcta, pero rápidamente recordó que nos había visto llegar -conocía a todos los taxistas de Bombay- y nos tranquilizó: “Seventeen double five? No problem!”.

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