almacén 29 julio 2009

“La demencia en el individuo es algo raro; en los grupos, en los partidos, en los pueblos, en las épocas, es la regla”. Nietzsche

Sigo con Ludwig Wittgenstein, de Ray Monk. Un hueso. Wittgenstein, Russell, Frege, Moore, una generación de pensadores mítica, marcada por las guerras europeas del siglo XX. ¿Cómo pudieron dedicar su vida al estudio de la lógica, la ética y la metafísica y, al mismo tiempo, abrazar causas patrióticas incoherentes? En 1914 la mayoría lo hizo con un entusiasmo sorprendente, excepto Bertrand Russell, que sufrió represalias por mantenerse fiel a sus ideales pacifistas y fue expulsado del Trinity College de Cambridge, además de cumplir seis meses de cárcel. Sus compañeros abrazaron la causa patriótica y se alistaron, bien para combatir a Alemania, el imperio austrohúngaro e Italia, o, si estaban del otro lado, contra Francia, Inglaterra y Rusia. Wittgenstein se alistó voluntariamente en el ejército austríaco y pidió con insistencia que lo trasladaran al frente ruso, donde acabó recalando y se distinguió por su valor. De locos. Bueno, lo estaba, un poco, pero sin un triste ataque de lucidez que le permitiera comprender que aquella guerra entre imperios en decadencia, cuando no de cartón piedra, era estúpida. Costó más de quince millones de vidas y mientras se perpetraba esa carnicería inútil, estos eminentes filósofos se cruzaban apasionadas cartas -a través de la neutral Suiza- en las que daban cuenta de sus progresos en materia de lógica (!).

Los hombres no van a la guerra para defender a su patria. Los hombres quieren morir y, si eso no es posible, matar, pero les da aprensión el suicidio y tratan de evitar la cárcel. Dios, Patria y Rey legitiman el crimen organizado, lo alientan, lo justifican y lo glorifican. Estos falsos principios morales son la excusa perfecta para que el hombre muestre su peor cara, disfrazada de principios más elevados, como nobleza y lealtad. Hombres y mujeres entran en éxtasis y declaran su amor a su país, al mismo tiempo que exhiben una xenofobia histérica frente a un hipotético adversario, porque no hay amor apasionado sin un buen oponente. El patriotismo es un sentimiento agresivo. Un patriota está dispuesto a dar la vida por Alemania porque ha nacido en Bonn o en un pueblo de la Selva Negra, pero si lo hubiera hecho en Katmandú, Lima o Manchester sólo cambiaría el nombre del objeto de su deseo. Él quiere morir, quiere matar, no importa a quién, no importa de parte de quién.

Keynes, el economista más influyente del siglo XX, el economista que nunca ha pasado de moda, escribe a Wittgenstein en 1915: “Espero que ya te hayan hecho prisionero y estés a salvo”. No sé cuánto hay de ironía y cuánto de inteligencia emocional en estas palabras, a lo mejor sólo es humor británico. En la misma carta le informa que ha ofrecido sus servicios al gobierno de su Majestad, en materia financiera, que Russell ha dejado la filosofía, después de publicar un nuevo libro, y que Moore y Johnson siguen con ella; Pinset todavía no se ha alistado y Békássy está en su ejército (el de Ludwig) y Bliss en el suyo. Un Barça-Madrid a lo bestia.

Un soldado voluntario del imperio austrohúngaro escribe a su antiguo profesor y colega británico y le pide que vele por su legado filosófico, en el caso de que muera en combate. Este acto tan incongruente lo protagoniza un pensador que después de la guerra publicará un libro que acaba con esta famosa frase: “De lo que no se puede hablar hay que callar”. Wittgenstein estuvo cinco años en el ejército y le costó adaptarse a la vida civil, como a tantos otros, y siguió llevando el uniforme de un ejército que ya no existía durante muchos años. Es el valor de la imagen lo que da sentido al sinsentido. Como Michael Jackson disfrazado de Michael Jackson, así se paseaba Wittgenstein por la Viena de la posguerra, antes de trasladarse definitivamente a Inglaterra, donde murió en 1951, en Cambridge, nacionalizado británico.

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