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Es desconcertante. El confinamiento le ha robado la primavera a un buen amigo mío, escultor, que ha sufrido una mala versión del virus, mientras que la gente que vive en grandes ciudades la ha descubierto en su ciudad, para su sorpresa, con la alegre algarabía de los pájaros y la belleza de los parques sin jardineros municipales. Los que vivimos en el campo la hemos disfrutado cada día, cada minuto, exultante, pero sin voces, sin coches -hay un rumor incesante que proviene de autopistas y carreteras, imperceptible, pero no tanto como creíamos-, sin bicicletas y sin aviones surcando el cielo. Hemos descubierto un poco avergonzados que la naturaleza se las arregla perfectamente sin nosotros. De hecho, es más feliz. Ahora ha vuelto el ruido y estamos a las puertas del verano, pero nadie lo diría. Llueve y es una sensación otoñal. Dios se ha equivocado de paleta, ha perdido la de Matisse y ha cogido la primera que ha encontrado, una de Corot, gris. Y ha vuelto el fútbol. En silencio.

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