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Hace muchos años, en el complicado período que va de la adolescencia a la juventud, acuñé una frase -apuntaba maneras, pero era exagerado y romántico hasta la exasperación- que decía así: «Prefiero morir en la calle que vivir prisionero de mis miedos». Era sólo eso, una decena de palabras que mostraban más fragilidad que fortaleza. Intentaba infundirme ánimos, como ahora, con la pandemia coleando. Cuando la escribí, no sé dónde, quizá sólo en la memoria, acababa el colegio o empezaba una carrera universitaria, corría en moto, leía El lobo estepario y Rayuela, Hesse y Cortázar, quería salir de la ciudad, vivir en el campo, pensar distinto, ser poeta -a mi manera, sin palabras-, quería vivir.

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