AlzamoraExpo21

Vuelvo con Wittgenstein, no con su pensamiento, que sigue siendo inescrutable para mí, sino con su entorno, que me tiene fascinado. Empezando, ya lo he dicho antes, con la increíble paradoja de escribir un libro sobre lógica, ética y metafísica -el Tractatus Logico-Philosophicus- en las trincheras de la I Guerra Mundial, a la que se alistó voluntario en el ejército austro-húngaro, participando activamente en un conflicto tan estúpido como cualquier otro. Una guerra que le enfrentó, además, al país que acabaría siendo el suyo: Inglaterra, porque murió siendo ciudadano británico.

Llego a la página 267 -es una proeza- y me encuentro con el nombre de Martin Heidegger,

San Agustín, Heidegger, Kierkegaard… no son nombres que uno espera escuchar en una conversación acerca del Círculo de Viena, a no ser como objeto de improperios. La obra de Heidegger, por ejemplo, era utilizada frecuentemente por los positivistas lógicos para proporcionar ejemplos de lo que querían decir al hablar del absurdo metafísico: lo que ellos pretendían condenar al cubo de la basura de la filosofía.

otro personaje asociado a grandes contradicciones. ¿Será la paradoja el hábitat natural de la filosofía? A Heidegger se le vincula al nazismo y a Hannah Arendt, lo que es tanto como juntar un felino y un venado en un cercado y esperar que se hagan buenos amigos. El caso es que eso fue exactamente lo que sucedió. Él era profesor en la universidad de Freiburg y ella una de sus alumnas -judía, por más señas-, y entre temarios académicos y discusiones filosóficas intimaron hasta el extremo de mantener una apasionada relación amorosa; clandestina, porque él estaba casado. Este hecho es ampliamente conocido, pero creo que no se le da la importancia que se merece, también en el terreno de las ideas. Sólo imaginándolos bailando, estrechamente abrazados, sin salirse de una baldosa, en una habitación de un hotel perdido en mitad de ninguna parte, expresando con sus cuerpos emociones que están más allá de la palabra, puedo entender que mantuvieran el contacto después de la guerra, a pesar del inmenso abismo ideológico que les separaba. El Holocausto, nada menos. Su correspondencia, con algunos altibajos, duró medio siglo, entre 1926 y 1975, año en el que ella murió. De la inmensidad de aquellos abrazos surgió aquella dependencia emocional, teñida de intelectualidad.

Tampoco hablaré del pensamiento de estos dos filósofos -a Arendt no le gustaba esa palabra; me solidarizo con ella, a mí no me gusta la palabra artista-, pero no puedo evitar pensar que a lo mejor ahí está también el germen del concepto de “la banalidad del mal”, que acuñó Hannah Arendt mientras cubría el juicio de Adolf Eichmann en Israel, en 1961. Ella siempre mantuvo que la responsabilidad colectiva debía primar sobre la individual, sin que eso cuestionara en modo alguno la culpabilidad de Eichmann, el burócrata que cumplía órdenes sin cuestionarlas, al que se utilizó también con fines políticos y propagandísticos, además de jurídicos, en la recién creada justicia universal en favor de los derechos humanos. Estos matices la enemistaron con muchos de sus colegas académicos y literarios, partidarios de apoyar sin reservas la causa de Israel. A lo mejor tuvo algo que ver el recuerdo de su antiguo profesor, convertido en amante, quizás para siempre, lo que le daba una perspectiva que los demás no tenían.

Hannah Arendt escribió profusamente sobre el totalitarismo, Martin Heidegger trató de justificarlo, como Unamuno, pero fueron aquellos encuentros clandestinos entre dos cuerpos acariciados por la brisa, que entraba por la ventana abierta, meciendo las cortinas, vaporosas, de muselina, los que contribuyeron a configurar la personalidad de ambos y, por consiguiente, la de su obra, porque en los artistas -no encuentro otra palabra- vida y obra se confunden.

El mal existe, vivimos rodeados de gente que justifica los excesos del totalitarismo y de líderes que tratan de blanquearlo, no hace falta remontarse a mediados del siglo XX. El amor también.

En el principio fue el verbo, nadie sabe qué verbo.

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