6
Foto Maria Alzamora

Algunos días llego al estudio por la mañana temprano con una idea clara en la cabeza de lo que tengo que hacer: pintar, dibujar, seguir estudiando un sueño de acero de diez metros de altura, continuar un texto en el que llevo algunos días trabajando, añadiendo algo que se me acaba de ocurrir mientras caminaba con Molly y Miss Brown, poco antes de empezar la jornada, o escribir un mail que me parece importante, pero no es frecuente. Lo habitual, cuando abro la puerta del cuarto de jugar, es tener todas esas posibilidades a la vez, por lo que antes de nada debo poner un poco de orden en el caos.

No escribo ficción. Es una manera de hablar, naturalmente, porque los textos autobiográficos son pura fantasía -eso venía pensando mientras caminaba esta luminosa mañana de principios de verano-. La única manera de transmitir verdades es contando mentiras, lo saben los poetas y lo decía V de Vendetta: “Los artistas mienten para decir la verdad, mientras que los políticos lo hacen para ocultarla”. Escribo en mi nuevo ordenador Mac, en un teclado pequeño, coqueto, acabo de pasarme de PC a Mac y he abandonado un teclado enorme, de color crema, desleído, que me ha acompañado desde el principio de la era electrónica. Sólo me obedecía a mí. Suena Another Brick in The Wall, de Pink Floyd, una y otra vez, en bucle, porque se me ha estropeado el iPod. La música me envuelve y la letra penetra en mi cuerpo por ósmosis, al ritmo sincopado de una acústica espectacular, el punteo de una guitarra eléctrica que tira de palanca, como el pianista de pedal, y unos coros infantiles brutales. Todo eso es objetivamente cierto, como la golondrina que se ha colado en mi estudio hace unos minutos y no encontraba la salida. Ha acabado acorralada entre una cortina transparente, de lino blanco, y el cristal de un ventanal. La he cogido con mucho cuidado -no es la primera vez que lo hago-, sujetándola con firmeza con las dos manos y la he llevado hasta el descansillo de la escalera metálica que da acceso al patio. He percibido su alivio cuando se ha echado a volar. Eso es mentira, no ha sucedido hoy, pero ¿qué más da?

Yo mismo he escrito una biografía, Suite Albéniz, hablando más de mí que de mi ilustre antepasado, aunque negué esa evidencia hasta hace poco tiempo. A lo máximo que llegué es a decir que había escrito una no-biografía, una expresión que ni siquiera era mía, la tomé prestada de un artículo periodístico que salió en la prensa madrileña al día siguiente de la presentación del libro, en junio de 2016. No creo en las biografías. En su autenticidad. Suite Albéniz es un libro. Punto. En uno de sus capítulos transcribo esta anotación del 14 de septiembre de 1880, del diario de viaje del joven Isaac, el que hizo a los veinte años por media Europa en busca de Liszt, a quien ansiaba conocer: “Lo que he pasado en París no he querido contarlo por no acordarme de lo mucho que he sufrido; basta decir que he estado a punto de acabar con la vida”. Ahí está la verdad que busca el autor: en lo que no está escrito.

La biografía de referencia del compositor nacido en Camprodón es Isaac Albéniz: retrato de un romántico, de Walter Aaron Clark, doctor en Musicología por la Universidad de California y profesor de esta materia en la de Kansas, un especialista en música clásica española; sin embargo, cuando acabas de leer mi libro, de ciento cincuenta páginas, estás más cerca de compositor que después de saberlo todo de él, según la versión de este ilustre académico, que ha necesitado cuatrocientas páginas para acabar su retrato.

Llevo varios meses leyendo Ludwig Wittgenstein, de Ray Monk. Aunque no entiendo nada, me tiene enganchado lo que no dice. Wittgenstein es contemporáneo de Freud y Monk apenas habla de la sexualidad de su biografiado, ni de su vida sentimental. Tampoco se detiene el tiempo que se merece en el acto más revolucionario de su vida: su renuncia, a los veintiocho años, a una herencia impresionante, que repartió entre tres de sus hermanos: Helene, Hermine y Paul, el pianista, con la única condición de que nunca se la devolvieran, bajo ninguna circunstancia. Me recuerda a Grigori Perelman, el matemático ruso que en 2010 renunció al premio de un millón de dólares otorgado por el Instituto Clay de Matemáticas, de Cambridge, Massachussetts, por haber resuelto la Conjetura de Poincaré. Grisha vivía con su madre en un apartamento pequeño, humilde, en alguna ciudad de Rusia, pero estaba enfadado con la comunidad científica por su falta de ética, después de que algunos colegas intentaran apropiarse de su trabajo. Wittgenstein pasó de ser uno de los hombres más ricos de Europa a ser un hombre pobre y se fue a dar clases en una escuela elemental de un pequeño pueblo perdido en los Alpes austríacos, llamado Trattenbach. Desde este remoto lugar mantenía correspondencia con Bertrand Russell, entonces profesor invitado en el Universidad de Pekín, y John Maynard Keynes, el economista más influyente del siglo XX. Quiero decir que Ludwig Wittgenstein sabía perfectamente dónde y con quién vivía, pero lo hizo: le tocó la lotería y renunció al premio.

The Wall es una metáfora de la sociedad capitalista a la que pertenecemos. Wittgenstein y Perelman aprendieron que es esencialmente egoísta e injusta y trataron de eludir sus efectos nocivos, que son incalculables, refugiándose en la filosofía y la ciencia, donde en algún momento se creyeron a salvo. Yo también creí que el arte era un refugio seguro. No lo es. El iPod grita Hey! Teacher! Leave them kids alone! por enésima vez, persiguiendo la misma verdad que buscaba yo esta mañana por los caminos de los alrededores del estudio. Hoy he aprendido que para acercarse a ella antes debes renunciar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s