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Hoy he leído un artículo de Sira Hernández, pianista y compositora, sobre Nina Simone, una leyenda del jazz que iba para pianista de música clásica -amaba a Bach por encima de todas las cosas-, pero la segregación racial de su país se lo impidió. Pero no es eso lo que más me ha llamado la atención, aunque sin duda es lo más relevante, sino cuando escribe “bisnieta de esclavos”. Me preocupa la bisnietura, cada vez más, a medida que voy avanzando en la senda de mi compromiso con el legado familiar, pero no sé gestionarlo, porque no es importante. Ser Nina Simone y ser bisnieta de un esclavo sí lo es. Tiene una categoría impresionante.

¿Qué más se puede añadir a esto? ¿Qué sentido tiene… todo? Jesse Owens humilló a Hitler y sus atletas arios en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, pero cuando regresó a Nueva York tuvo que volver a subir al autobús por la puerta trasera, reservada a los de su raza. Tommie Smith y John Carlos alzaron su puño enguantado en el podio de los 200 m lisos de México 68 y fueron expedientados. Carlos había olvidado sus guantes en la Villa Olímpica y Peter Norman, el australiano que quedó segundo en aquella inolvidable carrera, que simpatizaba con los ideales de sus compañeros, le sugirió llevar el guante izquierdo de Smith. Ahora John Carlos recibe honores, mientras el COI dicta normas para que aquel gesto no pueda repetirse.

La vida es aquello que ocurre entre dos interrupciones.

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