mujer 2004

Echo de menos aquella sensación de tiempo suspendido en el aire de las primeras semanas de confinamiento. Nunca pensé que escribiría esto. Aquel silencio me recuerda cuando vine al Ampurdán para quedarme, hace más de treinta años, sin más compañía que los restos de un naufragio sentimental y los bolsillos vacíos. No conocía a nadie en la zona, no tenía teléfono, ni televisión -en aquel momento era en cierta manera heroico-, tampoco llevaba reloj y nunca sabía en qué día de la semana vivía, como durante el confinamiento. A veces me enteraba porque me llamaba algún amigo de Barcelona para venir a verme, suponía entonces que se acercaba un week-end. La llamada se dirigía a una centralita que había en Borrassà, el pueblo vecino, regentada por una mujer que lo sabía todo de todos, de ahí pasaba a una tienda de Ordis y ellos venían a buscarme. Sicilia años cuarenta. Y parece que fue ayer. Acuñé frases -”Soy pobre en dinero, pero millonario en tiempo”-, adopté otras, como esta de Rabindranath Tagore: “Si no responden a tu llamada, camina solo, camina solo”, y decidí dedicar mi tiempo a la acción y la contemplación. La pintura y la playa. La pobreza no ayudó. El frío tampoco. La pobreza, en realidad, me ayudó mucho, me hizo abrir los ojos, y el frío también, no hay quién duerma si tienes que achicar agua de madrugada, en pleno invierno, porque la tormenta es más fuerte que tú. Escribí esto, en junio de 1980: “Las playas nudistas son más respetuosas con la intimidad que las otras, en las que hay pocos límites y en hora punta el hacinamiento es indecoroso. El sol acaricia mi cuerpo sin protección. Fumo un cigarrillo de aroma inconfundible. La marihuana es dulce. El mar está tranquilo. El agua, fría. Mis vecinos más cercanos son una pareja de unos treinta años. Ella lee en la orilla con un sombrero de paja y gafas oscuras. Les envidio porque se tienen el uno al otro. Pasan por delante suyo dos parejas de mediana edad que hacen el recorrido entre Ampurias y los campings de Sant Pere Pescador, chapoteando alegremente como adolescentes. Parecen alemanes, o holandeses. Ellas llevan bikinis de colores que resaltan su bronceado: blanco nuclear y verde fosforescente; ellos bragas náuticas de colores oscuros y rayas deportivas laterales. Uno de ellos ríe sonoramente, con la carcajada típica del que posee un BMW. Me doy la vuelta y trato de concentrarme en mi libro. “El interés negativo se tornó positivo, no a resultas de un sólo suceso, sino más bien porque todo lo demás -el arte, la ciencia, la literatura, los placeres del pensamiento y de las sensaciones- terminaron por parecerme insuficientes. Uno llega a un punto en el que se dice, incluso al pensar en Beethoven, al pensar en Shakespeare: ¿Eso es todo?”. Huxley es exigente. Levanto la vista y miro la pared blanca y deslucida que se levanta en el lindero de la playa, perteneciente a un cobertizo de los de guardar cosas, y la ventana enrejada de la que caen racimos de geranios cansinos, tan abrumados por el peso del sol como lo estoy yo de mi condición de hombre adscrito a un sistema tan descorazonador. Trato de concentrarme de nuevo en la lectura, pero mi cerebro todavía está discutiendo con el tipo del BMW. George Steiner dice que lo importante es ver y comprender. Es obvio, pero no es fácil ponerlo en práctica. En el mundo del arte contemporáneo es muy frecuente ver y no entender nada y la frase más repetida por los pasillos de sus templos es “usted es que no entiende”. Eso no es tan obvio. Me baño. Tengo un hambre voraz.”

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