41 i 42 Wanda Landowska i Leon Tolsto__i

La semana pasada presenté Suite Albéniz a más de cuarenta alumnos del Curs Internacional de Música Isaac Albéniz de Camprodon, invitado por su director, Gennady Dzubenko. Escogí para hacerlo el Museu Isaac Abéniz, porque ahí está el Mosaic Museu Isaac Albéniz de Camprodon, columna vertebral del relato. El libro no es más que la exposición de las treinta y ocho imágenes que forman parte de este gran collage fotográfico, de cerca de cuatro metros de altura por tres de ancho, acompañadas con un pie de foto un poco más prolijo de lo normal. Insisto mucho en el valor narrativo de las fotos. Todas cuentan historias muy sugerentes. Propuse a los estudiantes hacer una visita guiada al museo y nos detuvimos un poco más de tiempo frente al mosaico. Debido a las medidas de seguridad del coronavirus hicimos dos grupos, para evitar aglomeraciones.

Una de las imágenes del mosaico nos muestra a la pianista y clavecinista Wanda Landowska acompañada por León Tolstói, con una dedicatoria de la pianista a mi abuelo. Con toda seguridad, fue autografiada con ocasión de un concierto que dio la intérprete polaca en Palma de Mallorca, donde vivían mis abuelos. Palma tenía en la primera mitad del siglo XX una sociedad culturalmente inquieta y entusiasta, muy aficionada a la música. Los intérpretes solían visitar a mis abuelos; ella era hija del gran Albéniz, había vivido en varias capitales europeas, hablaba media docena de idiomas y conocía a todo el mundo, y en su casa se improvisaban pequeñas veladas musicales. Era sofisticada y cosmopolita, como los artistas a los que agasajaba. Un imponente piano de cola Bechstein -expuesto en el museo-, que le regaló Francis Money-Coutts, el gran mecenas del compositor, presidía la mayoría de aquellos conciertos íntimos, acariciado por las expertas manos de la propia Landowska, de Pura Lago -una pianista gallega que trabajó con Federico García Lorca-, o de Arthur Rubinstein, uno de los grandes iconos musicales del siglo XX. ¿Dónde quiero ir a parar? Uno de los alumnos se dirigió a mí para darme recuerdos de su familia. Taro es hijo del pintor Isao, nieto del escultor Joanet Gardy-Artigas y bisnieto del gran ceramista Llorens Artigas, amigo y colaborador de Joan Miró. Yo mismo fui muy amigo de David Miró, nieto del pintor, que nos presentó a Teresa y a mí a Joanet y Mako, en unos inolvidables días que pasamos en Sant Paul de Vence, con motivo de una exposición de Miró en la Fundación Maeght, en aquel maravilloso espacio diseñado por Josep Lluís Sert, sobrino del pintor Josep Maria Sert, el autor de los frescos del Rockefeller Center de Nueva York y de la catedral de Vic, que fue pretendiente de Laura Albéniz, hermana de mi abuela. No, no es un Who is who. Quiero ir un poco más allá. El mosaico se alza en mitad del recorrido de la escalera en forma de media luna que da acceso al piso superior del museo, y en su base, abrazándola, hay una escultura de Florencio Cuirán, que un grupo de jóvenes artistas de la República, encabezados por García Lorca, Margarita Xirgu y Frank Marshall, alumno de Granados, ofrecieron a Albéniz en su tumba, en el cementerio de Montjuïc de Barcelona, en 1935. El compositor nacido en Camprodón era un liberal, en el sentido progresista del término, que tiene muy poco que ver con su significado actual, y era un referente intelectual de aquella espléndida generación que truncó la Guerra Civil.

En un solo párrafo hemos relacionado Camprodón con Tolstói, Granados con Miró, Artigas con el Rockefeller Center, y Alberto Giacometti -un imprescindible en la Fundación Maeght de Saint Paul de Vence- con Money-Coutts, en un escenario dominado por treinta y ocho imágenes pobladas por personalidades de la época y del entorno del autor de Iberia. Enfrente, cuarenta y tres alumnos apasionados por la música, la mayoría muy jóvenes. Me fascinó verlos cara a cara, dos veces, porque fueron dos grupos, los de antes y los de ahora, los de antes de ayer y los de mañana. Cualquiera de ellos puede dar el salto y habitar el mosaico. Unos y otros tienen un denominador común: la pasión por la música, y una característica poco corriente: no hacen nada por dinero. Esto, en una sociedad liberal, en el sentido que ahora tiene esta palabra, es puro romanticismo. Pero es lo que nos distingue y eso es lo que traté de transmitirles a los cursillistas en el museo: formamos parte de esto, somos como las hojas de un árbol inmenso, cuyo tronco, robusto y sembrado de arrugas, representa la cultura, el arte, y sus intrincadas ramificaciones cada una de sus disciplinas, interrelacionadas entre sí. Hay otros árboles en el bosque, pero hemos escogido éste para abrazarlo.

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