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El mundo de la cultura es mitómano y los mitos, con el glamour, pierden la dimensión humana y corren el riesgo de convertirse en reyes eméritos, que, como todo el mundo sabe, son inviolables. Los artistas honestos saben que sacralizar el arte no es una buena idea. De hecho, va en contra de su esencia, que es cuestionar la realidad de la manera más bella posible. Al expresionismo abstracto de la Escuela de Nueva York, que tan buenos momentos me ha hecho pasar, antes de saber que detrás de este éxito estratosférico estaban los servicios secretos americanos, tendrían que cambiarle el nombre: exhibicionismo abstracto me parece más adecuado, pero el mercado lo defenderá a muerte, como hace la Iglesia con sus santos, por el mismo motivo: es un negocio fabuloso. Ya lo decía Ramon Llull: “La salvación no puede comprarse, pero sí puede venderse”.

Mis referencias históricas en materia de pintura y escultura han envejecido mal, no sé si con las literarias me pasará lo mismo. Tengo mucho camino que leer, necesito otra vida, ¡qué pereza! ¿Y si me lo salto y sigo escribiendo sin haber leído a Joyce y Proust?

Estoy ojeando un libro titulado La novela de la Costa Azul, de Giuseppe Scaraffia, que narra las andanzas de Flaubert, Maiakovski, Miller, Apollinaire, Gide, Maugham, Cocteau, Wells, Saint-Exupéry, Woolf, Eberhardt y Mann, entre muchos otros, por Menton, Montecarlo, Cannes, Niza, Vence, Saint-Tropez y Marsella. Es un anecdotario sin apenas contenido. En medio de tanta sofisticación, en cierta medida estéril,

Los estallidos de celos de Zelda eran tan imprevisibles como tremendos. Una noche, tras cenar en la Colombe d´Or, en compañía de sus amigos los Murphy, Scott se acercó a una desconocida vestida por completo, desde sus ropas al pelo, de violeta. Era Isadora Duncan, prematuramente envejecida y gorda. Scott, borracho, se arrodilló conmovido ante ella, quien le pasó la mano con ternura por sus cabellos, como se acaricia a un hijo. Zelda los miró impasible. Después, en medio del estupor general, se dirigió al jardín para dejarse caer por las escaleras de piedra. Mientras los presentes quedaban paralizados, pensando que estaría herida de gravedad, ella reapareció en el comedor, serena y manchada de sangre, sin decir una sola palabra.

se cuela una historia de una dimensión considerable. Coco Channel recibió de su amante, el Duque de Westminster -uno de estos pomposos títulos cuyo origen es mejor no investigar-, una villa en Roquebrune-Cap-Martin, en un lugar donde cuenta la leyenda que descansó, bajo tres olivos, María Magdalena, tras abandonar Jerusalén, después de la crucifixión de Jesús. De ahí viene el nombre de la casa: La Pausa. Pero más allá de las leyendas merovingias, me ha impresionado saber que su construcción estuvo inspirada en el orfelinato en el que se crió, hasta tal punto que la gran escalinata de piedra es una copia exacta de aquella que subió y bajó de niña, en condiciones de extrema pobreza y abandono. Eso es cualquier cosa menos una frivolidad. Ahí está toda la historia de la humanidad.

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