006 Family Group VI

Como decía Charlie Brown, amo a la gente, pero detesto a la humanidad. Hace treinta años que vivo en el Ampurdán y evito por sistema la primera línea de mar durante las semanas álgidas del verano. Ayer, en este maravilloso momento del día que los menorquines definen poéticamente como s´hora baixa, fuimos a un chiringuito entre Sant Martí d´Empúries y Sant Pere Pescador, en la bahía de Roses. Lo teníamos todo a favor: había amainado la Tramontana, dejando una atmósfera transparente, y la temperatura era respirable, pero nos habíamos olvidado de la Humanidad. Una de sus características más abominables -tiene muchas, a cual peor- es su terror al silencio; así, en los chiringuitos de playa colocan unos altavoces descomunales y un sonido con los decibelios justos para que sólo puedas hablar a gritos, lo que unido a una música seleccionada por un dj perturbado por los mojitos bebidos a pleno sol, convierte un espacio que podría ser idílico en un verdadero infierno. Ayer, a s´hora baixa, esperando la salida de la luna llena, que en este rincón del Mediterráneo sale por la línea del horizonte marino, mientras pedíamos algo de comer y beber con la sana intención de huir enseguida que llegaran las provisiones, tuvimos que aguantar quince o veinte largos minutos de Guantanamera. ¡Guantanamera! Es un tema que tiene efectos narcóticos, va directo al cerebro y se instala en él durante horas. Ha habido casos en los que se ha tenido que recurrir a la cirujía para extirparlo. No pude evitar comentar lo de la música con la camarera, encantadora, que naturalmente me respondió a través de la mascarilla que a ella le gustaba la música en la playa. ¿Qué podía decir? Tengo una simpatía gremial con la gente que trabaja en la playa en verano, porque yo lo hice, allá por los años 80, y recuerdo que en la escuela de windsurf en la que trabajé tres meses inolvidables no sonó jamás Guantanamera, ni nada que se le pareciera, porque a pesar de la insistencia del camping donde estábamos no quisimos poner música “de ambiente”. Para eso estaba la noche, donde íbamos de vez en cuando a lugares en los que primaba el lenguaje corporal. De día, silencio. En realidad, no del todo; yo vivía en una tienda justo al lado de la playa y durante unos días tuve de vecinos a unos alemanes que se despertaban cada mañana con música de Julio Iglesias, cantando en inglés. Un día tras otro. ¿No tenían otra cinta? Pero coincidíamos poco, a esa hora yo solía irme a la playa, a darme un baño y montar la escuela, en un silencio respetuoso y elegante.

Ayer recordé, una vez más, las palabras de Joan Miró, cuando afirmaba que individualmente se consideraba un optimista moderado, pero colectivamente era un pesimista absoluto.

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