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El empresario y mecenas organizó una especie de romería por una de sus fincas, a la que invitó a otros empresarios, a algunos amigos de toda la vida y a dos artistas de su colección: Amadeus y yo. Sólo hombres. Hacía semanas que no llovía y la pequeña caravana de vehículos 4×4 levantaba polvo, por lo que la marcha fue deliberadamente lenta. Visitamos los viñedos, preciosos en primavera, con algún que otro olivo, decorativo, y una planta de elaboración, almacenaje y reposo de primera calidad, con operarios de blanco impoluto, que daban un poco de miedo. Catamos algunos caldos, opinamos y volvimos a los coches en alegre algarabía, de vuelta a la Casa Gran. Comimos junto a la piscina en varias mesas y todo lo que nos sirvieron y escanciaron era de su propiedad. Nosotros creo que también. Luego, entramos a tomar el café y los licores en el interior de la gran casa solariega, adornada con murales moderrnistas. Una pianista empezó a tocar una sonata de Brahms en un imponente Steinway, enorme, mientras los invitados encendían sus habanos como si hacerlo con música en directo fuera la cosa más natural del mundo. Algunos daban cabezadas, otros sonreían beatíficamente, también había quien seguía la interpretación con interés. Los otros dos artistas invitados estábamos al fondo de la sala, juntos, en un sofá de respaldo alto, un poco apartados del grupo. Amadeus se inclinó hacia mí y me preguntó, muy serio: “¿Esto, qué sentido tiene?”.

Amadeus -su nombre es, efectivamente, Amadeo- es un pintor que iba para músico, pero dejó la guitarra, su instrumento, y lo cambió por el pincel -como hizo Regoyos un siglo antes, después de estudiar con Albéniz y Arbós en el Conservatorio Real de Bruselas-, se olvidó de la interpretación musical y con una ingenuidad enternecedora se sumergió en el complicado mundo del arte contemporáneo. Sorprendentemente, le fue bien, porque es bueno; no es habitual que en este sofisticado mercado se premie la calidad. Sus compañeros de andanzas juveniles, en la Barcelona de los años sesenta, en el Cercle Artistic de Sant Lluc y en una galería llamada El taller de Picasso, empezaron a llamarle Amadeus y adoptó este apodo como nombre artístico. Mientras la pianista movía la cabeza rítmicamente, al compás de la música, en un movimiento muy personal, casi un tic, la obra de Amadeus colgaba en las paredes de una importante fundación madrileña, de la que nuestro anfitrión era miembro fundador. Para la ocasión, se había editado un bonito catálogo. Yo venía de exponer en Baltimore y en una galería del Meat Market de Nueva York, y también estrenaba catálogo. Todos los asistentes de la romería se llevaron una bolsa con tres botellas de vino, metidas en una bonita caja de madera, y dos catálogos.

“Somos los bufones de la Corte, Amadeus”, le respondí.

Los bufones tenían la delicada misión de entretener a los poderosos con sus habilidades y el privilegio de poder decir la verdad en su presencia, aunque escociera. Supongo que a más de uno le costó la cabeza, pero la ley no escrita era que les estaba permitido hacerlo. El retrato del bufón Don Sebastián de Morra, de Velázquez, es el espejo de la verdad. La pianista -lamento no recordar su nombre, apenas tuve ocasión de saludarla, no formaba parte de la excursión y se fue enseguida-, Amadeus y yo representábamos esa tradición. Exentos de fingir, podíamos cuestionar y preguntar. Lamenté que Amadeus no formulara su pregunta en voz alta, porque hubiera incomodado a la concurrencia y esa era precisamente nuestra misión. No estuvimos a la altura de nuestro linaje.

Ya en casa, por la noche, desvelado, vi un documental en el ordenador y escuché una frase que me impactó. Hablaba de los Merovingios y en algún lugar del sur de Francia está escrita esta frase: “…y al producirse el hallazgo, te convertirás en su guardián”. Estas palabras, iniciáticas, se han quedado grabadas en mi cerebro, creo que para siempre. Eso es lo que pasa precisamente con el arte, si tienes la suerte de dar con él. Si no es una revelación, no es arte; si no es una manifestación de la verdad, como decía San Agustín, no es arte; si no te va la vida en ello, tampoco es arte, sólo es un pasatiempo.

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