7 o'clock! 1985

¿El arte existe? Llevo décadas dándole vueltas al asunto: que si los habitantes de Mali desconocían este concepto y respondieron a los ingleses “nosotros no tenemos arte, sólo hacemos las cosas lo mejor posible”; que si el peor enemigo del arte es el mercado; que si los franceses vendieron muy bien a los impresionistas y los americanos a los expresionistas abstractos, llegando al extremo de utilizar la política como motivación, en el caso de la Escuela de Nueva York, embarcada sin saberlo -pero encantada de la vida- en la Guerra Fría; que si es un error sacralizar el arte y convertir a algunos de sus representantes en mitos inalcanzables y, lo que es peor, incuestionables, porque el arte, si existe, o es un foro de debate o no es nada, y que sólo es arte aquello que contiene una verdad esencial, y ésta es difícil de encontrar. No hay seres sobrenaturales, sólo hombres y mujeres que se esfuerzan en darle un sentido a sus vidas. Al final, te quedas con eso. Yo, actualmente, lo que más hago es escribir, porque no puedo no hacerlo, porque da sentido a mi vida. Si es bueno o no es otra cuestión. ¿O no?

Noche de Reyes de 1985. Cayó una gran nevada en el Ampurdán y la temperatura se desplomó, de forma del todo inusual, hasta llegar a los diez grados bajo cero. Eran las tres o las cuatro de la madrugada y soplaba una Tramontana fuerte y helada; sin contemplaciones. Daba miedo mirar por la ventana. Así deben ser las tormentas en el Yukon. Tenía treinta años, pero poca conciencia de lo estupendo que es tener esa edad. No tenía televisión ni radio, no estaba muy enterado de lo que había pasado y mucho menos de lo que iba a pasar, lo único que sabía es que había tenido que cerrar la llave de paso del agua porque se reventaron las cañerías, de manera que estaba sin agua, y la luz iba y venía, me quedaba poca leña y estaba solo, sin apenas dinero, angustiado, con un coche en la plaza cubierto de nieve, con los neumáticos muy gastados. No podía quejarme, yo había escogido aquella casa tan sencilla, aquel pueblo tan pequeño, aquel camino vecinal tan poco transitado, renunciando a la seguridad social, familiar y urbana en la que me había criado, buscando una verdad esencial, pura, humana y poco contaminada. En consecuencia encendí todas las velas que tenía y me puse a pintar, decidido a transformar aquel tiempo muerto en alguna cosa tangible. Me refugié en el papel, en el color, en las formas, en los gestos apresurados, enérgicos, y eché mano de toda mi experiencia y fueron apareciendo ante mis ojos enrojecidos por la vigilia imágenes que me hablan hoy, cuarenta años más tarde, de una noche de Reyes de 1985. Me sorprende la calidad cromática de estas pinturas, porque me parece ver como tiemblan las sombras que provocan la luz de las velas, sacudidas de tanto en tanto por ráfagas de aire que se cuelan por las rendijas de los marcos de las ventanas que dan al norte.

El arte quizás no exista, después de todo, pero la poesía sí.

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