37 i 38 Albe__niz tocant el piano, amb la seva filla Laura I
Albéniz y su hija Laura

A Arthur Rubinstein le convencieron Rosina Jordana, viuda de Isaac Albéniz, y sus hijas Enriqueta y Laura para que incorporara la Suite Iberia a su repertorio. No se atrevía, decía que tenías que ser español para hacerlo, porque hay que sentirlo. Me emociona la capacidad que tienen los intérpretes para hacer suya la música de otros, hasta el punto de plantearse dilemas morales como este. Cuenta la leyenda que Rubinstein tocó y erró, en un momento dado, y una de las hijas exclamó: “¡Igual que papá!”. Eso le convenció y se convirtió en un gran especialista de esta obra, difícil y profunda, en cierto modo iniciática.

Esta anécdota familiar la he oído contar desde que era niño, por lo que es muy posible que sea algo más que una leyenda. Desde el punto de vista académico no es gran cosa; no está plasmada en una carta autografiada, no lo ha publicado ningún medio, no lo he leído en ningún libro y tampoco está registrada en ninguna entrevista, que yo sepa, pero a mí me parece interesante saber dónde, cuándo y por qué razón empezó Rubintsein a tocar la Iberia. Junto con Alicia de Larrocha han sido sus grandes embajadores, a lo largo de todo el siglo XX.

“No existe nada parecido al pianista más grande” -le responde Rubinstein a Robert McNeil, en 2008, recién cumplidos los noventa años, molesto porque el periodista canadiense le acaba de preguntar si cree que la gente tiene razón cuando lo considera el mejor pianista del siglo XX-. “Nada en el arte puede ser lo mejor. En ninguna época; ni nadie, ni nada. Sólo es diferente. Le diré mi teoría sobre esto: Creo que un artista, sea el que sea, un pintor, escultor, músico, intérprete, compositor, lo que sea, debe tener una personalidad inconfundible. Un artista debe ser único, un mundo en sí mismo”.

Para Rubinstein hacer música es algo metafísico, no me extraña que convirtiera la demanda de Rosina en un problema de conciencia.

Un pianista elegante, de inconfundible perfil semítico, con el cabello rizado y una frente interminable, está sentado frente a un piano; a su lado hay una mujer madura y, enfrente, dos jóvenes sonrientes, mientras las notas de Evocación flotan en la estancia, acariciando las alfombras, los cuadros -un Casas íntimo y femenino, un Regoyos de tonos grises, que representa la bahía de Tánger-, y los mil detalles que forman parte de una cotidianidad cargada de recuerdos. Mi padre me dijo que esta escena se representó en Mallorca, en casa de sus padres, en cuyo caso Rosina y Laura estarían allá de visita, pero también pudo haber sido en Barcelona. Si fue en la isla, las teclas que acariciaba el maestro polaco eran las del Bechstein que Francis Money-Coutts le regaló a Enriqueta cuando se casó. Si fue en la casa de la Avenida Tibidabo, en la parte alta de Barcelona, donde se instaló la familia Albéniz después de la muerte del compositor nacido en Camprodón, sería sin duda el Rönisch, de media cola, que Rosina, hija de Laura, donó al Museu de la Música de Barcelona. ¿En qué idioma hablarían? Los músicos son políglotas, porque la música clásica habla en al menos cuatro idiomas: inglés -también a modo de esperanto, o lengua común-, alemán, italiano y francés. Paloma O´Shea, en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, hace un loable esfuerzo para que sus estudiantes aprendan español, para tratar de incorporarlo a este selecto elenco.

Cuando aquella nota se salió del pentagrama, en un pasaje que al compositor también se le atragantaba, los actores de esta secuencia de una película que todavía no se ha rodado comprendieron que el error forma parte del proceso creativo. No creo que fueran conscientes de ello. Es la calidad del fallo, si puede llamarse así, lo que establece la diferencia entre una buena interpretación y una mala, o mediocre. Cuando se produce da sentido a lo que acaba de suceder. Suena un poco críptico, pero creo que es así. Albéniz no tocaba siempre igual sus obras, a veces se perdía, otras improvisaba. No le costaba asumir una equivocación, estaba en otra dimensión, y si optaba por improvisar le daba alas a la imaginación. Cualquier obra de arte tiene diez variantes buenas y diez mil malas, el secreto es no salirse de las buenas y, sobre todo, no respetar al pie de la letra la partitura. El comentario de la hija, después de oír aquellas notas que Rubinstein dejó flotar en el salón, especialmente la que no tocaba, que tanto le recordó a su padre, fue como una ráfaga de aire fresco, un aire de libertad.

El compositor estuvo allí y su presencia convenció al intérprete.

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