En 2016 inauguré en la Fundación Vila Casas de Barcelona la mejor exposición de mi vida: L´escala de l´enteniment, dedicada a Ramon Llull. Arriesgué, tal vez demasiado, jugando con el vacío, al que dí mucho protagonismo. Había largas paredes blancas desnudas y en una de ellas, en un extremo, colgué tres papeles enmarcados con una imagen repetida y un aforismo de un evangelio apócrifo. Negué valerosamente -también con una cierta dosis de inconsciencia- la premisa que define el vacío como espacio desaprovechado. Colgué un mural de casi ocho metros de largo por dos de alto, El árbol de la ciencia, de un rojo hipnótico, e hice una instalación con cincuenta cubos de porex de alta densidad, pintados de blanco, como las paredes de la sala donde la instalé. Las esculturas nunca se pintan de blanco, porque tienden a desaparecer, y el porex no es un material noble; sin embargo, con un material muy liviano pintado de blanco fui capaz de construir una obra muy potente. Naturalmente, la exposición fracasó, en el sentido de que no fue bien comprendida, y me arruiné, porque le dediqué varios años de mi vida a prepararla, descuidando todo lo demás. Eso fue lo mejor de todo: viví en una nube todo ese tiempo.

Después de la exposición estaba exhausto. Dejé de pintar. Creo que se llama estrés postraumático. En realidad, he seguido haciéndolo esporádicamente, por inercia, pero perdí la convicción. Yo necesito hacer las cosas porque no puedo no hacerlas, y me di cuenta de que podía vivir perfectamente sin pintar. Al mismo tiempo, creció mi interés por la escultura pública, porque sus tiempos son otros. En la pintura prevalece el sentido de la inmediatez, mientras que las esculturas, sobre todo las grandes, nacen y se desarrollan lentamente, se convierten en proyectos a medio y largo plazo, maduran como la fruta y acabas soñándolas para verlas. Son literalmente la materialización de un sueño. La mayoría se queda ahí, en un rincón de la memoria, otras sobreviven en maquetas y en el relato de una existencia posible, sólo unas pocas ven la luz. También me interesan los montajes interdisciplinares, como colocar una pintura o una escultura junto a un piano o un violín y sentarme a ver qué pasa.

El vacío es un concepto que se suele asociar al pensamiento zen. Tiene que ver con la quietud y el silencio. Con la contemplación. Aquel aforismo de un evangelio apócrifo era de Tomás apóstol y dice: “Si os preguntan qué señal del Padre hay en vosotros, responded: es un movimiento y una quietud”. La música callada, de Mompou, es un título magnífico. La escuela filosófica oriental es más sensible al vacío que la occidental, pero aquí también tenemos una larga tradición, que en arte moderno, por ejemplo, ha dado el minimalismo. En la Porta de Llull lo importante es el vacío que hay entre las dos hojas de la puerta. La mirada se centra allí, incluso el cuerpo te pide acercarte a este espacio, y si eres curioso, si eres valiente, acabarás cruzando el umbral.

Dejé de pintar porque corría el riesgo de convertirme en un profesional. Paradójicamente, estos últimos años he pintado algunos cuadros buenos -pocos-, porque me he dejado llevar como nunca antes lo había hecho, pero me cuesta ponerme frente a la tela. Espirar, inspirar, espirar y pasar a la acción. Dejarlo reposar y esperar, e inspirar, espirar e inspirar para pasar de nuevo a la acción. Luego hay que interpretar lo que ha pasado y, quizás, añadir un último gesto con un pincel, un carboncillo o una barrita de pastel, y dejarlo reposar.

Y no pensar más en ello.

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