Heigo Kurosawa fue un admirado benshi, narrador de películas mudas para el público japonés. Se convirtió en una estrella; la gente acudía en masa a escucharlo. Introdujo a su hermano pequeño Akira, que por entonces quería ser pintor, en los ambientes cinematográficos de Tokyo. En torno a 1930, con la vertiginosa llegada del sonoro, los benshi perdieron su trabajo, su fama se eclipsó y fueron olvidados. Heigo se suicidó en 1933. Akira dedicó toda su vida a dirigir películas, como las que aprendió a amar en la voz de su hermano mayor. (Irene Vallejo, El infinito en un junco)

Es bien sabido que en los artistas vida y obra se confunden. Es una premisa de obligado cumplimiento: si el artista no se juega la vida en lo que está haciendo no se producirá esa cosa tan difícil de definir que es el acto creativo. No basta con eso, pero es imprescindible. O puede que no, que este sea producto del azar y no de una voluntad consciente, pero entonces no me cuadraría este texto. ¿Qué pasa cuando el artista se queda sin su medio de expresión? Un futbolista sin balón o un locutor sin micro son patéticos. Un actor en un teatro vacío es, en sí mismo, una tragedia. Todo eso le pasó por la cabeza a Heigo Kurosawa, había elevado la profesión de comentarista de películas mudas a la categoría de arte, como hizo Andy Warhol con el diseño gráfico, y de repente se hizo la voz y él perdió la suya. Y por ahí la vida misma. Recuerdo una entrevista radiofónica que le hicieron a Joan Ponç, debía ser alrededor de 1980, el pintor estaba perdiendo la vista y el periodista le preguntó qué pasaría cuando se viera obligado a dejar de trabajar. “Probablemente me suicidaré”, fue su respuesta, expresada con voz pausada, sin dramatizar. Hasta ahí llegaba su compromiso.

“El hábito es el monje”, escribió Jacques Lacan; a mí no me gustaría ser monje.

En otra entrevista, esta de la televisión pública argentina, en 2016, el gran dibujante Quino, que estaba sufriendo el mismo mal que su colega catalán, en una fase más avanzada – “yo me pierdo en mi casa, a veces no reconozco dónde estoy”-, responde a la pregunta de Cristina Mucci sobre si no se le ocurren ideas que quisiera dibujar: “Y en eso, no. Como sé que no las puedo dibujar, cancelo toda posibilidad de que las pueda dibujar y entonces no se me ocurren. No”. La actitud de Quino es diferente, es un poco menos individual, un poco más colectiva, lo que de alguna manera le libra del suicidio. Cree que su trabajo, como el de Serrat y Mercedes Souza -dice-, puede cambiar el destino de la humanidad.

Quino estaba tan acostumbrado a filosofar desde la cotidianidad que hasta cuando no lo hacía se revelaba como un pensador: “Yo me pierdo en mi casa, a veces no reconozco dónde estoy” me parece una aseveración de una profundidad insondable. Es exactamente cómo me siento yo en el mundo.

¿Y si, como apuntaba hace unos pocos párrafos, el acto creativo es fruto del azar y no de una voluntad consciente? Hace muchos años leí un libro titulado Zen en el arte del tiro con arco, de Eugen Herrigel, un alemán que quiso aprender este arte en un monasterio zen, en Japón. No he encontrado una manera mejor de definir el acto creativo que esta: el arquero se coloca en posición de disparo, se concentra y el disparo se produce durante el proceso de preparación, cogiendo de alguna manera desprevenido al tirador. Combina ambas cosas: voluntad de hacer y azar. Recuerdo que haciendo prácticas de tiro, durante el servicio militar obligatorio, de infausto recuerdo, comprobé que eso es cierto. Te colocas en posición, apuntas y se establece una conjunción instantánea entre el ojo, la diana y el dedo que acaricia el gatillo. La presión sobre este, suave al principio, crece muy despacio a la vez que se independiza de lo que centra la atención del tirador: una línea entre el ojo y la diana que tiende a resumirse en un único punto. El disparo se produce solo, cuando la voluntad de disparar ha desaparecido.

El capitán se llamaba Mesquida. Era un tipo duro, al menos por fuera, por dentro era de barro, blando, húmedo, perfecto para ser moldeado por tipos débiles y astutos. Yo tenía puntería y en el primer ejercicio saqué una buena puntuación. Estaba puerilmente satisfecho. El día era espléndido, prefería ir a tiro que hacer cabriolas por el patio de maniobras. Las armas tienen un efecto maligno y sensual. Las culatas, de madera barnizada, son suaves y ergonómicas y el peso es terrible. Los cargadores rebosaban balas enormes, doradas, que me parecían cohetes en miniatura. Pusieron objetivos nuevos, cambiando las típicas dianas de círculos concéntricos, con uno negro en el centro, por siluetas humanas. Está todo muy bien pensado. El capitán Mesquida dio la orden y empezamos a disparar. La cosa de pronto no tenía ninguna gracia. Oí que a mi izquierda alguien decía: “¡Le he dado en toda la cabeza!”. Hacía mucho calor, estábamos en verano y aquello era la Escuela de Infantería de Toledo. El juego había dejado de ser un juego. No me sabía el himno de Infantería y este mismo oficial había estado a punto de descubrirlo unos días antes, cuando se me quedó mirando fijamente mientras yo movía torpemente los labios con gesto gallardo. Fallé todos los disparos. Fue un éxito clamoroso. No acerté ni uno. El capitán se iba acercando, analizando el ejercicio individualmente. Llegó a mi altura. Mesquida es un apellido mallorquín y él tenía una edad como para asociar el mío a Mallorca. Nuestras mallorcas eran pequeñas, provincianas. De nuevo, se me quedó mirando fijamente. “¿Qué ha pasado?”. Pensé rápido, me jugaba mucho, en el ejército siempre te juegas mucho, todo es trascendental, todo es grave, a veces heroico. “Creo que he disparado al objetivo de al lado”, acerté a decir. Se quedó en silencio unos segundos, interminables. En aquel momento fui la bala que encasquilló su arma y todos sus enemigos, reales o imaginarios, se abalanzaron sobre él. El ejército de Boabdil, el Victory de Nelson, la octava división Panzer del Africa Korps de Rommel -o su equivalente británico, al mando del general Montgomery, no tengo claro de qué lado estaba-, una escuadrilla de bombarderos B-52 en Vietnam, o las tropas comunistas del Norte, todos dispararon al mismo tiempo y el capitán Mesquida, privado de su arma, que era yo, murió como un héroe y le concedieron una medalla a título póstumo. Fin de la historia. “No cuela”, podría haber dicho, pero no lo hizo. Él estaba sólo un mes al mando de la compañía, sustituyendo al titular, que estaba de vacaciones. Pasó de largo, pero ya no me perdió de vista en lo que le quedaba de servicio. Tengo un buen recuerdo del capitán Mesquida. Entonces no lo sabía, pero padeció el síndrome Heigo Kurosawa, por un instante se quedó sin su vehículo de expresión.

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