En el año 2000, un psiquiatra sudafricano, Derek Summerfield, estaba en Camboya investigando los efectos psicológicos de las minas terrestres no explotadas en un momento en que los antidepresivos empezaban a comercializarse en el país. Pero los médicos locales le dijeron a Summerfield que no los necesitaban, y cuándo preguntó por qué le relataron una historia: A un agricultor una mina le voló la pierna, pero tuvo que volver a trabajar en aquel campo y entró en una profunda depresión. Los médicos y vecinos le escucharon, entendieron su angustia y le compraron una vaca para que produjera leche. En un mes su depresión había desaparecido. Los médicos camboyanos dijeron a Derek: ¿Lo ve, doctor? Esa vaca fue un antidepresivo. (Johann Hari, periodista escocés, entrevistado por Ima Sanchís en La Vanguardia hace unos días)

He leído en algún lugar que detrás de una depresión suele haber una buena persona atormentada por problemas de conciencia, no de sociabilidad. No sé muy bien qué quiere decir, pero estas palabras se me han quedado grabadas en la memoria.

Tenemos miedo a las palabras. Anormal, por ejemplo, se utiliza no sólo como definición de una condición física o intelectual, sino también como un insulto, como si estar fuera de la normalidad socialmente aceptada fuera el colmo de la desgracia, ignorando la opinión de Krishnamurti, que dice que no es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma. Tampoco nos gusta el término perdedor, que yo no me canso de reivindicar, porque entre los perdedores he encontrado la sensibilidad, la ternura y la inteligencia que no he sabido ver en los triunfadores, que encuentro por lo general demasiado predecibles.

Me gusta la gente rara; los excéntricos, los desinhibidos, los que piensan diferente, los que sostienen extrañas teorías conspiranoicas, sin darles demasiada importancia, los libres de espíritu, los nostálgicos, los amantes de causas perdidas, los inseguros, me atraen, despiertan mi curiosidad y simpatía, siempre que no sean violentos, porque la agresividad no me parece excéntrica, si no más bien banal, como sostenía Hannah Arendt. La gente normal, en cambio, me da miedo, porque para ellos el rencor, con mesura, es aceptable, la venganza despierta una comprensión instantánea, la ambición está muy bien considerada, aunque roce la avaricia, y el eclecticismo es un rasgo estratégico común, por muy cerca que esté del cinismo. Los seguidores de los líderes sociales que tienen esos rasgos de personalidad son el espejo en el que se quiere mirar la gente normal, pero no siempre se responsabilizan de sus actos. Quiero decir que el votante de un partido que declara una guerra en Oriente Medio se encoge de hombros si le recriminas su elección; no es cosa suya, él no ha declarado la guerra a nadie, pero el silencio que siempre acompaña a este encogimiento de hombros parece justificar la acción bélica. Es un recurso lícito, en la lógica de la gente normal; es una perversión del sistema, en la de los poetas. Tampoco se responsabilizan de sus terribles consecuencias, como la gestión de los refugiados, que esos líderes tratan como apestados, ignorando que es el drama de los pobres, porque no hay refugiados ricos. Son personas normales las que atesoran ingentes cantidades de dinero que no necesitan, y que, pudiendo eliminar el hambre en el mundo, no lo hacen. Eso sí que no es normal.

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