¿Es eso lo que quieres? ¿Es eso lo que hay?

Escribí estas preguntas ayer noche, de madrugada, en el móvil, porque no tenía nada más a mano. Parece el estribillo de una canción de Leonard Cohen; en Everybody knows, por ejemplo, pienso que encajaría. El ordenador portátil que tengo en la mesita de noche es viejo y no me sirve para escribir, pero puedo ver cosas por internet y busqué una versión de Hallelujah, la de Rufus Wainwright, acompañado por un coro de mil quinientas personas, en una fábrica abandonada de Toronto. Buscaba consuelo. Si esa fuera la humanidad, yo creería en ella.

Estaba muy agobiado, porque la administración de la herencia de mi padre amenaza con destruirme. La tradición, que él simboliza, hace siglos que no va por el camino que a mí me gustaría. “De los griegos para acá todo ha sido mal formulado”, dice Moriarty en On the Road, de Jack Kerouac. Creo que soy capaz de enfrentarme a la nada y convivo razonablemente bien con el silencio, dudo de la existencia de Dios y del arte, no sé si por ese orden, y sospecho que cualquier tipo de autoridad es cuestionable, pero las estructuras de poder me provocan ansiedad, por muy zafias que sean, seguramente porque todas lo son, y ante la monstruosa inconsistencia del sistema social en el que vivimos me declaro objetor de conciencia. Soy un perdedor orgulloso en un mundo de falsos triunfadores. No soy rival para las instituciones públicas y llevo diez años, desde que murió mi padre, lidiando con ellas en un proyecto cultural suyo, un museo dedicado a Isaac Albéniz, su abuelo materno, que languidece en medio del silencio administrativo. También soy muy vulnerable -no encuentro el adjetivo adecuado- en las reuniones familiares para tratar asuntos patrimoniales. Soy un juguete en manos de los poderosos. ¿Es eso lo que soy?

Leonard Cohen me devuelve la juventud con un poema y me hace mejor persona.

Junio de 1978. Faltan seis años para el estreno de Hallelujah. Me despierto muy temprano, salgo de la habitación en silencio para no despertar a mi novia, que duerme plácidamente un sueño de veintidós años. Subo la escalera de piedra con la gata cruzándose entre mis piernas, abro la puerta de la casa y me encuentro con una vaca de proporciones ciclópeas a un palmo de mi nariz. Jesús, qué susto. Han vuelto a derribar el cerco de la era. No sé qué hacer. Me lo han explicado, pero soy nuevo en eso. “Son mansas, sólo tienes que tener cuidado si alguna va alta, entonces los toros pueden ser peligrosos”. Como la vida misma. ¿Cómo sabes si una vaca está en celo? Doy enérgicas palmadas, tratando de aparentar una seguridad que no siento y un savoir faire que desde luego no tengo. Tirarles piedras o ramas es un buen recurso, lo he visto hacer, pero no lo hago, me impone respeto; tampoco quiero gritar, aunque el vecino más próximo está a varios kilómetros de distancia. La vaca, que no ha apartado la vista de mí, preguntándose quién demonios soy -lo sabe, pero también sabe cómo hacerme sentir un extraño-, se da la vuelta y se dirige con parsimonia a la roca donde hace unos meses su propietario le ponía sal. Eso fue antes de que nos alquilara la casa, apenas una ruina, bellísima, en un lugar paradisíaco de La Garrotxa. Algo de sal debe quedar, o quizás sea sólo una querencia por esa piedra en concreto. Me lavo la cara en un bidón de hojalata con el logotipo de Repsol, muy descolorido, que hay en un extremo de la era; en la casa no hay baño, ni agua corriente. Hace frío a esta hora, pero soy joven y llevo puesto un grueso jersey de lana. Camino por un sendero cuesta arriba, por donde transita el ganado, no me acabo de creer que esté ahí arriba, que aquella sea mi casa. Me asomo al valle, que está cubierto de nubes. En mi colina luce el sol. Abajo están los hombres, sumidos en la penumbra, ahí arriba estamos las vacas, la gata y nosotros, restaurando una casa con nuestras propias manos.

No es la casa del padre, la que estamos restaurando.

Nunca llegué a tener la relación de pertenencia que tenía aquella vaca de color pardo claro con el paisaje, ni por asomo, yo venía del Eixample de Barcelona y a mí, en el fondo, me tiraba el valle, y ahí es donde estoy ahora, peleando batallas que me son ajenas, lejos de aquella casa maravillosamente bella y prodigiosamente incómoda, pasados los veinte, los treinta, los cuarenta, los cincuenta y los sesenta años. Eso es lo que hay.

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