Foto Eva Brunner

La primera vez que vinieron mis padres a Ordis fue un luminoso día de finales de primavera o principios de verano de 1979. Yo ya llevaba casi un año viviendo en este pequeño pueblo ampurdanés. Fue uno de estos raros momentos en los que el tiempo se detiene y se queda en suspenso, grabado para siempre en la memoria de sus protagonistas. Las calles, entonces, eran de tierra, las casas no tenían agua corriente, todas tenían pozo, y el teléfono pasaba por una centralita. La carretera de acceso era estrecha y había varios tramos en los que no pasaban dos vehículos de lado, por lo que uno debía ceder el paso al otro, y los diez kilómetros que le separan de Figueras, la capital de la comarca, eran en aquella época una distancia considerable. Luego llegó la carretera nueva y el AVE, en el vecino pueblo de Vilafant, que abrieron sendas heridas en el paisaje, y desde entonces estamos mucho más cerca del mundo civilizado. No era eso lo que yo buscaba. El progreso nos ha alcanzado, quizás sería el momento de hacer las maletas de nuevo.

Mi madre siempre recordó la primera vez que me vio en Ordis, caminando por la carretera de entrada al pueblo, con barba tupida y el pelo muy largo, vestido tan solo con unos tejanos descoloridos, recortados, ¡y descalzo! -nunca olvidaba mencionar este detalle-, porque se habían pasado de largo la calle en la que yo vivía y fui tras ellos agitando el brazo, con un cachorro entre las piernas. Trancos fue el primero de una larga lista, y fue como un primer gran amor. Desde entonces he tenido bastantes perros, pero Trancos ocupa un lugar privilegiado en mi corazón. Aquella visita de mis padres fue también histórica, hasta entonces yo había vivido en otros dos pueblos, en el Berguedà y la Garrotxa, pero antes había abandonado Barcelona y una carrera universitaria en el último curso para abrazar el hippismo, porque el hippismo se abrazaba, y además lo había hecho acompañado de una amiga, sin reglas. Eran demasiados cambios para ellos y les costó asimilar que me había salido del camino trazado, pero entre nosotros siempre prevaleció el amor y nunca, o casi nunca, nos faltamos el respeto, por grandes que fueran nuestras diferencias ideológicas. Eso sí, no vinieron a verme hasta que yo estuve solo, para asegurarse de que mi decisión era solo mía. Hasta entonces -me contó mi hermana-, me consideraron víctima de las malas compañías o de un extraño trauma post-servicio militar -yo no lo descartaría del todo-, o entonaban aquel largo lamento de qué habremos hecho mal para que nuestro hijo salga así. Un clásico.

Aquel día abandoné la marginalidad y me instalé en la bohemia, que está socialmente mejor valorada.

Ordis se caracteriza por su campanario inacabado y es conocido sobre todo por la obra de un poeta: Carles Fages de Climent. Estas dos referencias bastarían para hacerlo atractivo a mis ojos, porque creo que todas las obras de arte están inacabadas -y en lo que no vemos está la perfección que busca el artista- y porque los poetas son los mejores cronistas de la historia.

La obra más popular de Fages de Climent es seguramente La Balada del Sabater d´Ordis, publicada en 1954, con prólogo de Eugeni d´Ors -que lo comparó con el Quijote– y epílogo e ilustración de Salvador Dalí. Está basada en un hecho real. Vivo enfrente de donde estaba su casa y hace muchos años tuve ocasión de hablar con gente que lo conoció personalmente. Ahora están todos muertos, como Anton Iglesias, un humilde zapatero remendón que perdió a su hijo por arma de fuego -se le disparó la escopeta de caza a un muchacho de su edad, con tan mala fortuna que hirió mortalmente al joven Iglesias- y poco más tarde fue abandonado por su mujer, su mundo se derrumbó, cerró el negocio y se dedicó a partir de entonces a recorrer los pueblos del Ampurdán con una caña en la mano, a modo de batuta, con la que dirigía la tramontana, un viento del norte característico de esta zona. Suele ser muy fuerte e imprime carácter, hasta el punto que de nosotros, los ampurdaneses, se dice que estamos un poco tocats de tramuntana. La traducción literal de esta expresión sería “tocados de tramontana”, pero tocats, en según qué contexto, tiene que ver con la locura. Tocat de l´ala -literalmente: “tocado del ala”- quiere decir loco. Sin llegar a la completa enajenación mental, es cierto que tenemos un toque de lucidez que nosotros asociamos más a la originalidad que a patologías más graves, aunque de todo hay en la viña del señor.

Sus actuaciones más memorables eran los jueves que soplaba tramontana en Figueras. El jueves es día de mercado, no sólo de alimentación, también de ropa y de otros enseres, y congrega a gente de todos los pueblos de los alrededores. Es el día más importante de la semana y Anton Iglesias aprovechaba que tenía el aforo lleno para colocarse en un extremo de la rambla y dirigir el viento, como si fuera una orquesta. Es una locura, sí, pero lo hacía. Philipp Glass hubiera pagado por asistir a uno de sus conciertos. Nuestro zapatero ignoraba que el órgano es un instrumento musical que produce sonido al conducir aire insuflado por medio de una turbina con un fuelle, a pesar de que lo que él hacía tenía el mismo principio dinámico. Tampoco sabía que los americanos construyeron a principios del siglo XX el órgano Wanamaker, el instrumento musical funcional más grande del mundo. Está en Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos, pesa 287 toneladas, tiene más de 28.000 tubos, seis teclados de marfil, 168 botones de pistones y 42 controles de pie, y es capaz de igualar la potencia de tres orquestas sinfónicas. En Ordis no lo tenemos tan claro, que sea el más grande, porque no hay fuelle que pueda competir con la tramontana.

Dice la leyenda que Anton Iglesias murió cuerdo, acaso más que la mayoría de los que se burlaban de él, como Don Alonso Quijano, aunque más de uno lo mirara con simpatía, con ternura -solía pedir comida, de casa en casa- y quizás con un punto de comprensión. Eso es estar tocat de tramuntana. Trato de averiguar por qué sigo aquí.

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