Después del viaje por el sofisticado mundo del arte contemporáneo de Diario de un outsider, y del ensimismamiento de La incertidumbre, que no deja de ser una continuación del anterior, necesito un nuevo reto que me permita llegar hasta el fondo de la cuestión, porque hasta ahora no he hecho otra cosa que bordearla. Me refiero a la cuestión humana y a su dimensión social, en la medida en que seremos juzgados colectivamente, porque como individuos no somos nada. Desde esta perspectiva nos diferenciamos muy poco de las termitas, sin un espejo donde mirarnos no existimos. Para los que saben que exagero: en la no existencia, es decir, en la marginalidad, es donde mejor se vive. ¿Hay termitas hippies?

Quino, el padre de Mafalda, explica en una entrevista en la televisión pública argentina que en el principio de los tiempos solo éramos cuatro: Adán, Eva, Caín y Abel, y un hermano mató al otro y con él se llevó el veinticinco por ciento de la humanidad. Empezamos mal -dijo, con una sonrisa forzada-, con un fratricidio y una estadística estremecedora.

El guión de Antígona, como el de muchas tragedias griegas, tiene también un trasfondo familiar inquietante. Eteocles y Polinices, hermanos de Antígona, se enfrentan en el asedio de Tebas y mueren, uno es enterrado con honores mientras que el otro yace insepulto por orden de su tío Creonte, rey de Tebas, que premia la fidelidad y condena lo que él considera traición. Antígona decide enterrar también al otro hermano, a pesar de la prohibición, movida por ideales humanitarios, pero es descubierta y encerrada viva en una tumba, donde se suicida, ahorcándose. La virtud no tuvo premio. No he mencionado que los tres hermanos eran hijos de Edipo, que tiene su propia historia, por todos conocida: mató a su padre y desposó a su madre. Hogar, dulce hogar.

La familia se rige por unas leyes donde prima la jerarquía y los derechos de sangre, que con frecuencia entran en conflicto. Sólo después de vivirlos he podido entender, por fin, por qué el mundo va mal, por qué nuestros gobernantes son zafios y crueles, por qué la inteligencia no vale nada, frente a la estupidez organizada, por qué siempre ganan los más brutos. El poder tiene una relación orgánica con el dinero, tanto tienes, tanto vales. La excepción es la poesía, un mundo paralelo donde el prestigio no se traduce en dinero ni en poder, lo que convierte a los poetas en amenazas subversivas de las que hay que guardarse. Eso también lo he vivido. La historia de la humanidad no es la de la cultura, es la de la guerra, no es la del arte, es la de la fealdad, la de los bajos instintos. La guerra va asociada a la idea de progreso. David no venció a Goliat y los orcos aplastaron a los hobbits, pero nosotros seguiremos fingiendo que no ha sido así, que existió de verdad una termita hippie que se construyó un banjo con un pedazo de madera y unos pelos de bigote de gato.

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