Es difícil definir el concepto de vanguardia y es importante porque es el gran mito del arte contemporáneo. La vanguardia entendida desde una perspectiva de progreso es de una linealidad sin concesiones, plana, como una regla milimetrada de 0 a 100, de menos a más. Cuando decimos que la obra de un artista genial se adelanta a su tiempo, parece que el elemento diferencial enriquecedor por excelencia sea la propia noción de futuro. En la medida en que algunas de las esculturas de las islas Cícladas, de hace cuatro mil años, también tienen esta cualidad de proyectarse hacia el futuro, no parece disparatado pensar que unos y otros se encuentran finalmente en un mismo lugar, que quizás no sea simplemente el futuro, sino un momento preciso en el espacio que contiene pasado presente y futuro al mismo tiempo. A la linealidad oponemos un concepto esférico, más armónico, más zen. Copérnico halló la serenidad en el espacio y Einstein la refrendó en el tiempo, Picasso se paseó por África y Miró buscó la formidable concentración del niño jugando, por esto unos y otros siempre serán modernos. (Entre Creta y Sausalito, 2009)

El bisonte de Altamira, una de las obras de arte más bellas de la historia, fue pintado hace quince o veinte mil años por un hombre primitivo, durante la última glaciación; las pirámides de Kéops, Kefrén y Micerinos las construyeron esclavos con rodillos de madera y herramientas de cobre, moviendo y encajando uno a uno colosales bloques de piedra revestidos de caliza con una precisión exquisita; el 12 de octubre de 1492 Colón descubrió América, para sorpresa de los americanos; en 1907 Picasso inauguró oficialmente el arte contemporáneo con Les demoiselles d’Avignon y tres años más tarde Kandinsky pintó la primera pintura abstracta de la historia, una acuarela, aunque en Altamira hay algunas abstracciones realizadas por artistas magdalenienses que hoy arrasarían en Art Basel; la gripe española, la mayor pandemia de la era moderna, que causó tres o cuatro veces más mortandad que la I Guerra Mundial, sigue siendo española, a pesar de que está probado que el primer foco apareció en 1917 en un campamento militar en Kansas; uno de los pilares de la democracia es la independencia del poder judicial, de manera que si esta no existe tampoco existirá la otra; a John F. Kennedy lo mató un lobo solitario, llamado Lee Harvey Oswald, y Juan Pablo I, el papa Luciani, murió de muerte natural treinta y tres días después de ocupar el trono de San Pedro y de proclamar a los cuatro vientos que instauraría la iglesia de los pobres; en España los socialistas son socialistas y los conservadores liberales; en 2001 un pequeño grupo de jóvenes derribaron las Twin Towers de Manhattan con aviones comerciales, después de hacer un cursillo para aprender a pilotar avionetas en Miami y en 2020 apareció una nueva pandemia de la nada y el mundo se sumió en la incertidumbre.

Piero della Francesca era geómetra, matemático y pintor, Ludwig Wittgenstein no encontraba diferencias notables entre las matemáticas y la filosofía y Joan Miró no distinguía entre poesía y pintura. Los museos de arte contemporáneo están llenos de público que no entiende lo que ve, pero que acude disciplinadamente a cualquier evento bien publicitado. La confusión es enorme. Hooper, Giacometti, Rothko, Chillida, Kiefer, Jeff Koons y Damien Hirst juntos, en el mismo relato. ¿Evolucionamos, como quieren hacernos creer, o involucionamos, como sostenía Jack Kerouac en On the Road, cuando afirmaba que de los griegos para acá todo ha sido mal formulado? “Como la incapacidad de crear belleza es clamorosa, se ha preparado un discurso sobre la fealdad, y la gente se dedica a hacer cosas feas, a las que da el mismo valor que a las cosas hermosas, porque tiene ya su propia teoría, fabricada a la medida de su limitación”, escribió Andrés Trapiello en 2001, en La Vanguardia, a su regreso de la Bienal de Venecia, en un artículo titulado Va desnudo y además se ríe.

En arte, en general, me gustan mucho poquísimas cosas, me gustan bastantes, me dejan indiferente la mayoría, me disgustan unas cuantas y me horrorizan una barbaridad, sobre todo de arte contemporáneo. Ya lo decía el viejo proverbio griego que citaba Sócrates en uno de los primeros Diálogos de Platón, hace dos mil cuatrocientos años: lo bello es difícil. No se puede decir más con menos. Voy a poner un ejemplo, de los que hacen daño. Me voy a mojar. El Tàpies que sale por televisión día sí y día no, de grandes dimensiones, con el gobierno de la Generalitat delante, me horroriza, casi prefiero el que sale caricaturizado en Polònia. El gobierno de Madrid ha copiado descaradamente al de Cataluña y ha puesto un enorme Barceló presidiendo su consejo de ministros, que me gusta tan poco como el otro. Me refiero a los cuadros. Me fascina la relación de estas obras con el poder, porque son una vívida representación de El rey va desnudo, como apuntaba Trapiello.

Hay pocos artistas y muchos genios, a menos que la palabra artista no tenga tanto recorrido como parece y se sitúe más cerca del artesano que del santo, como creía Aristóteles, que no distinguía entre arte y artesanía, y los seres sobrenaturales sean los verdaderos protagonistas de esta historia. Ahí no entro.

¿Intemporalidad o contemporaneidad?, para mí esa es la cuestión.

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