He escrito mucho sobre arte contemporáneo y algo menos sobre literatura, mi otra gran pasión. Tengo otra: la moto, que también es una manera de ser. Rodar a buen ritmo por un puerto de montaña en primavera, con una buena moto, potente y estable, con flores de todos los colores bordeando el asfalto, es una experiencia mística y oxigenante, y una buena metáfora de la vida: lo importante no es de dónde vienes ni a dónde vas, sino lo que sucede mientras haces el trayecto. Visualizas una curva de izquierdas y el cerebro hace cálculos complejos: mide el ángulo, busca el ápice, que es el punto a donde debes dirigirte para cerrar la curva y empezar a abrirte, valora la calidad del asfalto y el grado de inclinación que necesitarás para tener un buen paso por curva, escoge la marcha más indicada para que el motor no baje de vueltas y puedas salir con tracción, y entonces metes la parte izquierda del cuerpo en la curva un instante antes que la moto, señalándole el camino. Eso es vivir intensamente el momento. La lectura también tiene este poder, algunas veces, pero no siempre. Hace años que empiezo muchos libros y acabo muy pocos, de lo cual deduzco que o bien me he vuelto demasiado exigente o se publica demasiado. Creo que es más bien lo segundo. Cuando abandono un libro del que había oído hablar bien, lo hago con la misma sensación de frustración que tengo al salir de un museo o galería de arte después de ver una exposición que me ha resultado decepcionante, a pesar del apoyo de la crítica y de los medios de comunicación, que la han publicitado con generosidad. Durante la pandemia esta tendencia se ha agudizado, debido a mis problemas de concentración, derivados de la preocupación y la incertidumbre. Uno de los pocos libros que he acabado recientemente pertenece a una saga de tres o cuatro, quizás cinco, de los que he leído dos. El autor es muy bueno. El primero que leí tenía un título vulgar, peor que eso: banal, pero su prosa me envolvió. El segundo tiene quinientas sesenta páginas y las primeras quinientas son buenísimas, pero al final el escritor se gusta y aparece él y desaparece el relato que me había subyugado. Mientras tanto, yo llevo meses tratando de publicar El ascenso y la caída de los Romanov y Diario de un outsider, subtitulado Un ensayo sobre arte contemporáneo, porque sin ser propiamente un ensayo ese el el eje central del relato. Creo que escribo bien y que mi voz merece ser escuchada, también pienso que cuestionar el mundo del arte contemporáneo es otra manera de ponerlo en valor, y yo lo hago desde dentro, porque lo conozco, si fuera jurista trataría de desenmascarar la gran mentira de la independencia del poder judicial y si fuera economista denunciaría los excesos del capitalismo, que se resume en una idea muy sencilla: robar a los pobres para dárselo a los ricos. Pero es difícil ir a contracorriente, el mercado es poderoso y despiadado con la disidencia, a veces me siento como Sean Connery en The Untouchables, señalado y a punto de caer acribillado a balazos.

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