Esta es la tercera vez que publico este texto. La primera fue con la entrada anterior de este blog, formando un único texto, hasta que descubrí que era demasiado abigarrado y necesitaba respirar, por lo que lo dividí en dos. La segunda fue hace solo unos días, pero no estaba satisfecho y seguí trabajándolo. El blog, para mí, es un lugar de trabajo y pueden pasar estas cosas. No es la primera vez. Soy un corrector compulsivo.

Aparte de los doscientos ejemplares de Entre Creta y Sausalito, autoeditados en 2009, sólo tengo un libro publicado: Suite Albéniz (Turner, 2018), y es biográfico. Sin embargo, a mí, en general, no me gustan mucho las biografías. Otra cosa es la biografía novelada, que puede ser apasionante, como el perfil que Harry Thompson traza de dos personajes fascinantes, antagónicos y en cierta manera complementarios, Charles Darwin y Robert FitzRoy, naturalista y capitán del Beagle, en su mítico viaje rumbo a la teoría de la evolución (Hacia los confines del mundo, Salamandra, 2007). Hace poco salió al mercado una biografía de Susan Sontag y leí una entrevista que le hicieron a su autor, Benjamin Moser, con motivo del lanzamiento del libro. Me sorprendió la liberalidad con la que el biógrafo emitía juicios de valor sobre su biografiada: “Si Sontag hubiera asumido su lesbianismo, habría sido más feliz”, proclama. Susan Sontag, vale la pena recordarlo, no tiene ya derecho a réplica. Nunca he sentido ese tipo de fascinación, yo me he limitado a hablar de mi experiencia personal con Isaac Albéniz, porque me interesó saber cosas de él y he disfrutado compartiéndolas. Sigo haciéndolo. Suite Albéniz es un anecdotario que me sirve para hablar de casi cualquier cosa. Como le dijo un amigo mío a un tercero, en mi presencia: “¡Cómo va a ser una biografía, si sólo habla de sí mismo!”. Tenía razón. Walter Aaron Clark, en cambio, es profesor de musicología en la universidad de Kansas y biógrafo, y su libro Isaac Albéniz, retrato de un romántico es una referencia obligada, aunque creo que también cae en la trampa de emitir juicios, por ejemplo cuando afirma que al hablar de su leyenda el compositor de Iberia miente, y en realidad sólo exagera. La diferencia no es insignificante. La vida de las personas está llena de matices, lo que las hace inabarcables. El lugar de nacimiento, la extracción social, el entorno político, las relaciones familiares y sentimentales, son circunstancias que imprimen carácter, algunas de manera indeleble, y con frecuencia ni siquiera el propio interesado sabe con certeza cuáles han sido las más importantes. “Los amores no consumados son eternos”, dice un personaje que se parece sospechosamente a mí en Entre Creta y Sausalito. A pesar de la gran diferencia intelectual que hay entre Clark y yo, a su favor, mi libro se acerca más al personaje que el suyo y, por lo tanto, también a su música, que es lo importante, pero yo no hubiera podido escribir mi libro sin leer el suyo, eso es cierto y es justo reconocerlo. Hanna Arendt: una biografía, de Laure Adler, es también un producto académico y como tal hace meses que vive en mi mesita de noche, junto a Ludwig Wittgenstein, de Ray Monk, que trato valerosamente de acabar, pero no lo consigo. Es agotador. A pesar de la enorme cantidad de datos que nos ofrece el autor, no he conseguido captar el alma del filósofo y matemático austríaco, nacionalizado británico, que peleó valerosamente en la I Guerra Mundial contra Inglaterra, país que adoraba. Las conclusiones son mías. A lo mejor no está tan mal, después de todo.

Hace dos o tres años vi una esquela en La Vanguardia de una mujer que conocí cuando éramos adolescentes. Nunca me detengo en esas páginas del periódico, pero en aquella ocasión la vi porque debajo de su nombre y apellidos estaba entrecomillado el nombre por el que todos la conocíamos, que era original. Sólo podía ser ella. Entonces recordé una escena en una calle sin asfaltar que subía desde el Club Náutico de Vilassar de Mar, donde veraneábamos, hacia el interior del pueblo, una tarde de finales de agosto o principios de septiembre de los años sesenta. Caía el verano y anochecía más pronto. Yo caminaba solo, ella venía en sentido contrario acompañada de su hermana y una amiga. Éramos del mismo grupo, de manera que me paré a hablar con ellas. Les expliqué que venía de navegar en solitario, un acto que me parecía romántico. Lo acababa de descubrir: iba al Náutico por la tarde, cuando había muy poca actividad, aparejaba el vaurien sólo con la vela mayor y salía al mar, plateado a estas horas, con una mano en el timón y la otra en la escota de la mayor. Mi padre compró el Karisma de segunda mano -el nombre estaba incluido- y llamaba la atención porque era de madera, cuando estos ligeros veleros de poco más de cuatro metros de eslora hacía años que se construían de fibra de vidrio. Era por lo tanto, un poco más pesado y menos competitivo que los demás, pero el tacto era muy diferente. La sensación de libertad y soledad combinadas de aquellas escapadas me resultaba excitante, con toda aquella belleza para mí solo. El mar, cerca de la puesta de sol, la vela, blanca, hinchada por el viento, el sonido del agua pegando en el casco, la madera barnizada, la piel bronceada, el horizonte, la sensación de lejanía; cada vez más adentro, cada día un poco más lejos. Era algo que no me habían enseñado y que, con el tiempo, se convirtió en un hábito: hacer cosas solo, sin más compañía que la naturaleza. No sé si lo expliqué bien o mal, pero ella me miró y supe que había captado su atención; era la primera vez que eso sucedía. Morena, con el pelo largo y lacio, alta, esbelta, con un lejos que recordaba vagamente a Françoise Hardy, me pareció bellísima, tanto que me acobardé, me despedí y me fui, no sin antes advertir que mi marcha la había decepcionado. Cruzar el Cabo de Hornos y cartografiar la Tierra de Fuego con el Beagle era tarea fácil, al lado del reto que suponía responder a aquella mirada. Seguí viéndola, como es natural, pero me intimidaba y ella se enamoró poco después de otro, más decidido que yo. He vivido una vida entera sin pensar en ello, hasta que vi la esquela. ¿Qué biógrafo sería capaz de describir esta escena, que ni siquiera yo recordaba? Sin embargo, ese rasgo de mi personalidad -una inseguridad patológica, tampoco es algo demasiado original- ha permanecido oculto, y no es cualquier cosa. Creemos conocer a las personas, pero nos faltan los datos más relevantes.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s