Foto Maria Alzamora

Hace unos días publiqué en mi blog una imagen de mi estudio, acompañando a un texto en el que reflexionaba sobre el concepto de las vanguardias en la historia del arte. A mí es un tema que me resulta en cierta manera ajeno, porque lo que yo busco es una verdad que, asociada a la belleza, me lleve a una ilusión de trascendencia, una idea que está más próxima a la intemporalidad que la contemporaneidad. Me parece una discusión importante y oportuna, en medio de la enorme confusión que rodea al arte contemporáneo, pero lo que llamó realmente la atención de mis lectores fue la foto. “¿Para cuándo un texto sobre tu estudio?”, me preguntó Ana Pániker, alejándose de cualquier discusión intelectual y centrando su mirada en unas imágenes que le resultaron evocadoras. Bien, es el centro del mundo, como sabía Sherezade. Ahí empieza todo. El estudio es un eterno comienzo. Ahora mismo estoy en él. Escribo aquí, rodeado de pinturas, esculturas, bocetos, carteles, maquetas y libros. He empezado este texto en circunstancias especiales. El ruido del teclado -sí, hago ruido pulsándolo, soy de una generación que le daba duro a las teclas para que la Olivetti grabara bien su mensaje- está amortiguado por el del papel de lija frotando la madera. Un pintor llamado Miquel acaba de pintar la fachada y ahora le toca barnizar la puerta y las ventanas. Tres ventanas, dos ventanales y una puerta. Dos días de trabajo, dos días de pérdida de intimidad. No me gusta dejarle el estudio a nadie, así que me he puesto un grueso jersey de lana -están todas las aberturas abiertas- y he venido a trabajar. No puedo pintar si hay alguien más en el estudio, pero de momento parece que puedo escribir.

Mi padre fue un buen pintor, aficionado, no profesional, pero qué más da, era bueno. A punto de cumplir noventa años me pidió que le diseñara y produjera un catálogo. ¿Cómo resumir en un solo libro una vida artística tan prolija, sin gastarse una fortuna? El presupuesto era limitado, casi tanto como la vida que le quedaba por delante. Tardé más de un año en dar con la solución a este problema, a pesar de que la tenía delante, a un palmo de la nariz: el estudio. Su estudio, que estaba en el piso de abajo de donde residía. Le pedí a Eduardo Llasat, un fotógrafo que entendió la idea sin tener que explicársela dos veces, que entrara en su estudio y disparara. No preparamos nada, lo que había aquel día es lo que sale en el catálogo, y ahí está, perfectamente reflejada, su alma de pintor.

Juan Gris envidiaba la coquetería de Picasso cuando dejaba sus pinturas inacabadas, “porque ya están explicadas”. Él era incapaz de hacerlo, aunque, visto el resultado de su trabajo, sabía parar a tiempo. Imagino su estudio pulcro. En el de Picasso, en París, durante la II Guerra Mundial se produjo un insólito encuentro entre unos oficiales alemanes, que se las daban de intelectuales, y el pintor malagueño. Uno de los oficiales, curioseando, se encontró con un montón de bocetos del Guernica, pintado unos pocos años antes, y no se pudo contener: “¿Cómo ha sido usted capaz de hacer eso?”. “Esto no lo he hecho yo, lo han hecho ustedes”. Imagino aquel estudio grande y con un desorden relativo. Los de Bacon y Brossa eran caóticos y poco acogedores, sin embargo sus obras son limpias, pero un poco frías.

Me interrumpe Miquel para preguntarme cuánto tiempo hace que no barnizo la madera. No me atrevo a decirle que no lo he hecho nunca, desde que restauré este pajar para convertirlo en un confortable cuarto de jugar. Cambia de táctica: “¿Cuánto tiempo hace que trabajas aquí?”. “Treinta años”. Se dice pronto, pero de este espacio sagrado ha salido todo mi imaginario, porque cuando me trasladé aquí me traje todos los estudios que he tenido.

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