A finales de los años 60, asistía a las sesiones de dibujo de desnudo al natural del Real Círculo Artístico de Barcelona -Reial Cercle Artistic sería más apropiado, entonces no lo era-, lo más cerca que he estado nunca de recibir una formación académica. Pagabas una cuota mensual y tenías cada día modelo, casi siempre una mujer, con un horario vespertino fijo. Dibujabas en silencio, nadie te enseñaba, nadie te corregía, pero aprendías, si tenías talento para ello, en los descansos, viendo y comentando lo que hacían los demás y oyendo lo que opinaban ellos de tu trabajo. Allí me encontré con la señorita Miralles, mi profesora de dibujo en el colegio, que me presentaba orgullosa como alumno suyo. Nunca lo fui, jamás destaqué en su clase, pero en aquel escenario antiguo, débilmente iluminado, salvo en el lugar donde posaba la modelo, nos inventamos una relación que nunca existió. Era muy mayor y la hacía feliz. Los asistentes eran siempre los mismos: hombres y mujeres de edad por lo general avanzada, pintores aficionados y algunos profesionales, pero también había unos cuantos jóvenes que preparaban su examen de ingreso en la Escuela de Bellas Artes. Yo no sé por qué iba. Me gustaba, supongo. Mi padre era socio, aunque no iba casi nunca -no recuerdo haber coincidido con él-, pero me mostró este templo secreto donde el desnudo no era pecado, sino una fuente de inspiración. Empecé a ir a los diecisiete años y dejé de hacerlo a los veinte o veintidós, creo que por impago de cuotas. Era tan poco constante con la asistencia como con los pagos. Mi cabeza estaba en California, por nombrar un lugar que en aquella época sonaba a utopía, pero tenía por delante la universidad, a la que estaba abocado por inercia social, y el servicio militar, como dos murallas infranqueables, y algo tenía que hacer mientras tanto. La pintura me escogió, no tengo ninguna duda. A otros les pones delante de un piano, aunque sea el primero que han visto en su vida, y saben que es lo suyo, porque establecen en el acto una complicidad que va más allá de lo racional. Yo no quería saberlo; quiero decir, no me planteaba nada más que el día a día. Nunca quise ser pintor, si acaso, quería viajar por la interestatal 240 entre Berkeley y Monterrey, con una furgoneta Volkswagen y una chica preciosa a mi lado, con el pelo largo, una sonrisa deslumbrante y una cinta floreada en el pelo.

El edificio era y es imponente, de piedra, de aire medieval, al lado de la catedral, decorado con el estilo modernista característico de la ciudad. Respiraba historia por todos los poros de la piel, una historia entre bohemia y burguesa, porque sus referencias eran pintores burgueses. Esa es la seña de identidad de Barcelona: la burguesía. Recuerdo una apasionada discusión que mantuve con una pareja de mi edad, saliendo de una sesión, camino de las Ramblas. Eran una pareja romántica: ella era baja, él alto, ella tenía una ligera tendencia a la corpulencia, él era muy delgado, casi afilado, ella era tranquila, él apasionado, pero no, los dos eran muy apasionados, si acaso en él se notaba más porque era extrovertido. Era muy guapo e interpretaba a la perfección el papel de joven artista sin recursos, poseído por las musas, con un futuro heroico por delante y un presente demasiado prosaico, para su gusto, porque era de familia acomodada. La de ella era rica. El tema del debate era el genio. Ya entonces yo tenía dudas sobre su existencia, no tanto como concepto -sabía que había personas con dotes innatas para la expresión artística-. sino más bien como estatus, aquel que establece jerárquicamente quién es la referencia para todos los demás. “¡Todo lo que hace Picasso es bueno! ¡Es un genio!”. Yo no estaba de acuerdo, ni siquiera estaba seguro de si me gustaba. Todos hacemos cosas buenas y malas, le respondí, tan seguro de mi mismo que se escandalizó. Podría haberme extendido más, diciendo que normalmente son más los errores que los aciertos, aunque estos puedan llegar a justificar los primeros, pero eso entonces no lo sabía y mi respuesta fue menos elaborada, aunque firme: “Depende del criterio de cada uno”. Primero dije “gusto”, pero rectifiqué a tiempo. Apareció de nuevo el estatus: la condición de Picasso era indiscutible. Lo que establecía la diferencia era precisamente la unanimidad de criterio, lo que, según mi criterio, valgan todas las redundancias, eliminaba el criterio personal, algo que para mí ha sido siempre sagrado. Entró Miró en la conversación y ella lo defendió con el entusiasmo del converso: “Antes no me gustaba, no lo entendía, ahora no entiendo el arte sin él”. Llegamos a la Plaça del Pí y nos despedimos delante de la iglesia de Santa Maria. Con la iglesia hemos topado, pensé.

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