Tríptico Rojo Rothko, 2012, Museu Can Framis, Fundació Vila Casas, Barcelona

Wittgenstein en 1950 era uno de los filósofos más famosos del mundo y no tenía dónde caerse muerto (murió, por cierto, un año más tarde), y su amigo, colega y admirador Norman Malcolm, con el que coincidió en Cambridge, tramitó para él una beca de investigación de la Fundación Rockefeller. Wittgenstein, que acababa de rechazar una invitación de la Universidad de Oxford para dar un cursillo muy bien pagado sobre John Locke, porque asistirían más de doscientos estudiantes y no habría discusiones durante las conferencias -«No creo que dar conferencias formales ante un público tan amplio sea de algún provecho»-, respondió que no podía aceptar el dinero a menos que la Fundación Rockefeller «sepa toda la verdad sobre mí»:

La verdad es ésta: a) No he podido hacer ningún trabajo bueno y sistemático desde principios de marzo de 1949. b) Incluso antes de esa fecha, no pude trabajar bien durante más de seis o siete meses al año. c) Con la edad, mis pensamientos pierden fuerza notablemente, cristalizan más raramente y me canso con mucha más facilidad. d) Mi salud es algo débil debido a una ligera y persistente anemia que me hace propenso a las infecciones. Esto, a su vez, disminuye las posibilidades de hacer un trabajo realmente bueno. e) Aunque me es imposible hacer predicciones definitivas, me parece probable que mi mente nunca vuelva a funcionar tan vigorosamente como, pongamos, hace catorce meses. f) No puedo prometer publicar nada durante mi vida.

Es de una franqueza conmovedora, pero así era él, un hombre que trató de cambiar su destino y, de paso, el de la humanidad, como si de un moderno Jesucristo se tratara. No sabemos quiénes somos, sólo de qué material estamos hechos. El nacimiento, el entorno, la familia, la condición social, los hermanos, el colegio, la universidad, el amor, los hijos, no escogemos nada de lo que nos condiciona de manera irreversible y con este material tenemos que construir un relato, en el estrecho margen que queda entre todos esos condicionantes. En los intersticios. «Se sentía como si el mundo y todo su orden se pudiera extraviar en el hueco existente entre dos frases», escribe Peter Sloterdijk, refiriéndose a Wittegenstein, en Temperamentos filosóficos, de Platón a Foucault. Buscando complementar la frase que encontré por azar en un libro de Félix de Azúa, que me impactó hasta el extremo de transcribirla -“Todo aquello que puede decirse, se puede decir con claridad; y sobre aquello de lo que no podemos hablar, mejor es guardar silencio”-, me he topado en la biografía de Ray Monk con un hombre de una intensidad impresionante: lúcido, honesto, desequilibrado, brillante, marginal, temerario, contradictorio, marginal y gramatical, en el sentido de que el lenguaje estructura el pensamiento y éste la lógica, pero seguro que lo he entendido mal.

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