Esto es lo primero que escribo desde mi nueva ubicación en el estudio, que es lo mismo que decir en el mundo. Tengo delante de mí, entre el teclado y la pantalla, un papel doblado que he encontrado revolviendo carpetas; leo un aforismo, escrito quién sabe cuándo: “Si el estudio es la referencia, podríamos decir que la vida está dentro y el mundo fuera”. Suena monacal, a lo mejor lo es.

Hace dos semanas decidí cambiar la posición de la mesa donde escribo, después de casi tres décadas de hacerlo en el mismo lugar. Los primeros años con una Olivetti de color crema, luego con un ordenador de pantalla y torre, y ahora con una estupenda pantalla plana y un teclado pequeño que no me acaba de gustar. Es un estudio de pintor y escultor, por eso se escribe tan bien. De aquí ha salido La casa del poeta, de Salou, el mural El árbol de la ciencia, dedicado a Ramon Llull, y Suite Albéniz, el libro que publicó Turner en 2018, y aquí duermen el sueño de los justos unos cuantos proyectos escultóricos que nunca verán la luz, como unas fotos que acabo de encontrar de una maqueta de mediados de los años 80, con un doble mural que tenía que ir en la universidad de Perpignan. Otros, como distintas versiones de La escalera del conocimiento, en aluminio o en cubos de piedra, así como la Porta de Llull, también en la estela del pensamiento del sabio mallorquín, algún día se realizarán, porque Ramon Llull es nuestro Shakespeare, nuestro Goethe, nuestro Cervantes, y son buenos proyectos. Yo vivo de eso: de sueños. También reposan en carpetas electrónicas varios libros inéditos, que sólo han leído y comentado las meninas y los héroes anónimos que comparten conmigo este lugar sagrado. Ahora que lo pienso, ¿les gustará a unos y otras este cambio de decoración? Como siempre, olvidé decírselo. Es una falta de consideración inexcusable por mi parte.

Cambiar de lugar la mesa del ordenador y la de dibujo -una es grande y la otra es enorme-, ha supuesto mover centenares de recuerdos y miles de dibujos. Algunos encuentros me han gustado, otros no. El aforismo del primer párrafo de este texto está bien, pero en general debo confesar que no ha sido divertido. Me ha tentado quemarlo todo, pero no lo he hecho. No he tenido valor. El padre de Joseph Conrad lo hizo y su hijo no lo olvidó nunca. Explico esta escena en El ascenso y la caída de los Romanov, uno de mis libros inéditos, y aventuro la hipótesis de que quizás por esta razón Conrad escribió toda su obra en inglés, idioma que pronunciaba fatal, porque había visto arder todas las palabras de su lengua materna. Tantas esperanzas, tantos sueños, tantas revelaciones, tantísimo entusiasmo reducido a cenizas. Es tentador.

Tengo ganas de llegar una mañana temprano y pillar por sorpresa a alguna de mis meninas, como me pasó hace unos días, para preguntarle si les gusta la nueva distribución, o si, por el contrario, prefieren que deshaga el camino y vuelva donde estábamos. Los héroes ya sé que no querían que me moviera, su expresión perpleja no ha variado un ápice en todos estos años. La razón del cambio es solar, la mesa donde escribo estaba al lado de dos grandes ventanales orientados al sur, lo que hacía difícil trabajar entre las doce del mediodía y las cuatro de la tarde, más o menos, dependiendo de la época del año. Para tamizar el exceso de luz puse cortinas y, como no era suficiente, porque la parte superior de las aberturas es curva y el techo inclinado, apilé telas, unas grandes y encima otras, más pequeñas, en precario equilibrio. Tenía su gracia y la mesa estaba cerca de una esquina, lo que resultaba acogedor. Ahora las musas pueden atacarme a derecha e izquierda, y tengo la puerta mucho más cerca, lo que me hace estar más expuesto.

Yo, de momento, las veo contentas. Una de ellas me ofrece ahora su perfil izquierdo, que tiene un gesto un poco irónico que me había pasado desapercibido. Desde el otro lado no se apreciaba. Le he sonreído y juraría que me ha guiñado un ojo, cosa poco probable, porque no los tiene dibujados, aunque ve perfectamente. A mi derecha, cerca de la puerta de entrada -¿por qué se dice siempre de entrada y no de salida?-, tengo una menina de todas las meninas muy bonita, me gusta tenerla cerca y ella también parece feliz. Y enfrente tengo ahora un relieve en madera que hice para una exposición titulada Blanco, en la mítica galería Km7. Me gusta esa pieza, es rara, hacía años que no la veía, a pesar de que ha estado colgada todo este tiempo en el mismo lugar. Y debajo del relieve, una caricatura que me hizo Nacho Esplá, en la que aparezco con un tirachinas apuntando a una mosca; detrás mío hay un caballete y una tela en la que hay una potente silueta de mujer, y, a un lado, un libro abierto boca abajo con el título en la portada: JOS&CÍA. Encima de esta composición, otro yo, esta vez volando, persiguiendo una bolita, como una canica. ¡Qué bien me conocía! Me acabo de dar cuenta de que ya casi no se ve; la dibujó hace más de cuarenta años, en un estudio que yo tenía cerca de la Sagrada Familia, de Barcelona, con un bolígrafo Bic, y el tiempo no ha perdonado. Tempus fugit.

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