segundo intento

Robert Hugues, escritor y durante muchos años crítico de arte de la revista Time, describió en pocas palabras lo que sucedió con el legado de Jean-Michel Basquiat poco después de su muerte, a los 28 años de edad. Aquel joven pintor, hijo de la generación del expresionismo abstracto y de la escuela de Nueva York, cuyos máximos representantes tenían la consideración social de estrellas del rock&roll, estaba obsesionado con la fama.

«… Su deseo tal vez se convierta en realidad, a la vista de la pérdida de la fibra intelectual del Whitney Museum y el número de personas propietarias de Basquiats, cuyo precio mejoraría con una adecuada retrospectiva. Después podría organizar otra el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles, porque sus administradores también tienen un montón de Basquiats. Esto se conoce con el nombre de Ética del Museo Posmoderno, y muestra con qué poco puede hacerse historia del arte.»

Hace mucho tiempo que presiento que estamos ante un fraude colosal; sólo hay que pasearse por cualquier feria internacional de arte contemporáneo y mirar alrededor. Es una experiencia. Los grandes perjudicados somos los ingenuos, las almas cándidas que buscamos en el arte verdad, emoción, sensibilidad y poesía, y nos topamos con un extraño relato manipulado por oscuros intereses. Eso nos afecta mucho más de lo que creemos, porque en el caso de que hayamos logrado desarrollar un criterio personal, éste estará irremisiblemente contaminado por el mercado, en mayor o en menor medida. Es difícil sustraerse a su influencia. El proceso de descontaminación es muy laborioso. Yo crecí a la sombra de los impresionistas, primero, y de la escuela de Nueva York, después, hasta que empecé a cuestionarme lo establecido.

Este es el tercer o cuarto texto que escribo después de cambiar la mesa de lugar, en el estudio, y he escogido este párrafo de Hugues, que incluí en mi primer libro, Entre Creta y Sausalito, porque quiero comprobar si mi perspectiva de la cuestión ha cambiado o sigue inalterable. Ahora, sentado frente al teclado y la pantalla, estoy más centrado. A mi izquierda, donde escribía antes, está la gran mesa baja de dibujo, vacía, salvo por un papel de estraza que la cubre completamente y unas cartulinas de 102×72 cm, blancas y satinadas por un lado y porosas de color crema muy pálido por el otro, que se superponen e improvisan figuras geométricas esenciales. Las baña el sol de mediodía, que entra por el sur y el oeste. Si tuviera que escoger una palabra para describir lo que estoy viendo en este momento sería serenidad. Es lo que tiene a veces la ausencia. Plásticamente, es lo mejor que hay ahora mismo en el estudio. A mi derecha está la zona donde pinto, en penumbra, porque da al norte y porque no estoy ahí. Quiero decir que no estoy pintando, o lo hago muy poco. Después de darle muchas vueltas, he llegado a la conclusión de que la verdad del arte contemporáneo, o, lo que es lo mismo, su irresistible decadencia, se articula alrededor de dos figuras esenciales: Van Gogh y Basquiat. Entremedio ha pasado de todo: el constructivismo ruso, París, Málevitx, Picasso, Duchamp, el caminante circunspecto de Giacometti, Beuys, Nueva York, el expresionismo abstracto y los servicios secretos norteamericanos, Joan Miró, la poesía de acero y hormigón de Chillida, la intelectualidad de Oteiza y, por fin, Damien Hirst. Pero Van Gogh y Basquiat tienen mucho en común; entre otras cosas sólo pintaron diez años, más o menos, lo que en circunstancias normales los convertiría en aprendices, pero son genios y tienen un magnetismo impresionante, que atrapa a los aficionados a la pintura y a los aspirantes a emularlos, sobre todo a los artistas jóvenes, pero también a los demás. ¿Por qué? Porque ponen el genio al alcance de cualquiera, lo abarata.

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