Quino

Creo que este tipo de insomnio, que acabo de bautizar pandémico, a mi edad se volverá endémico, porque si ya antes de las alarmas sanitarias presentía que esto podía acabarse cualquier día, ahora ha llegado un virus poderoso, democrático y letal, tan peligroso como la política de los gobiernos que gestionan la crisis que ha provocado. “Ya queda menos”, respondió Willy Toledo en una entrevista reciente, cuando le preguntaron su edad. Recuerdo cuando el tiempo no existía, se detenía los domingos, al caer la tarde, con el lunes colegio. Podía quedarse suspendido en el aire durante años, en aquellos atardeceres estivales, a orillas del Mediterráneo, rodeado de amigos de la misma edad, y en las primeras soledades, inesperadas, sobrecogedoras, creativas. Después se convirtieron en meses y más tarde en días, cerca de los cincuenta. Ahora, superados los sesenta, el tiempo circula cuesta abajo a una velocidad de vértigo. Recuerdo cuando no dormir era una opción, vinculada a planes juveniles con expectativas sexuales, no había otras, y si las había era porque fallaban las primeras.

No se juega al fútbol, a las tres de la madrugada.

Esta pandemia está jugando con un tiempo que no me sobra y unas ganas de vivir que afortunadamente no he perdido.

Esta madrugada, a falta de sexo y fútbol, leo el último capítulo de Ludwig Wittgenstein, de Monk, que me ha acompañado durante toda la pandemia, hasta hoy, a las puertas de 2021, con la vacuna en el horizonte y muchas dudas. A mí este nombre me infundía respeto, hasta que lo he conocido un poco. Me han interesado más las cosas que hizo que las que dijo. Eso, tratándose de un filósofo, es raro. De Kant, que era un tipo aburrido, no podría decir tal cosa. Por ejemplo, me parece heroico que Wittgenstein renunciase a su herencia, que era fabulosa, y que no lo hiciera para donarla a causas filantrópicas -en cuyo caso habría un retorno-, sino que la repartió entre varios de sus hermanos y, de esa manera, diluyó la cuestión y abrazó la pobreza. Es extraordinario, abrazar la pobreza, pero lo hizo. Mientras se debatía entre las matemáticas, la filosofía, la lógica, la ética y la estética combatió en primera línea en la Gran Guerra, a la que se alistó voluntario, contra toda lógica y ética, porque tenía más amigos en el bando contrario que en el propio. Publicó un solo libro en vida, el Tractatus, y en su madurez renegó de él, diciendo que estaba equivocado. Amaba la filosofía, pero no le gustaba el mundo académico, al revés que Russell y Heidegger, por ejemplo, y tantos otros, a los que tan bien les sentaba la toga. Este cúmulo de contradicciones hace que me resulte muy atractivo, no tanto como pensador, sino más bien como personaje literario. Sé que mi interés puede parecer frívolo, porque no he profundizado en el cuerpo de su doctrina, debido a mis limitaciones intelectuales en estas materias, pero así es como me aproximo yo a estos creadores, porque hay otra manera de pensar, a través de la forma, que utilizamos los artistas plásticos. Me ha pasado con Isaac Albéniz y con Ramon Llull, a los que he dedicado un libro y una exposición, sin comprender bien su música o su pensamiento. Sin embargo, creo que he sido capaz de intuir su calidad y he abierto una vía nueva para conocerlos, apta para todos los públicos. Una vez cerrado el libro, por fin, he comprendido que la máxima de Lacan: “El lenguaje estructura el pensamiento”, que me ha acompañado toda la vida, desde que la oí por primera vez, hace muchos años, es wittgenstiana.

Lo he anotado en un pequeño cuaderno, que vive en la mesita de noche -siempre temo que las genialidades que se me ocurren a estas horas extemporáneas, lejos del teclado, se desvanezcan al despuntar el día, siguiendo un regla no escrita de la Física Experimental-, y he cogido un pequeño librito de Alianza editorial que me acaban de regalar, Diario de un seductor, de Sören Kierkegaard, otro ilustre desconocido que me inspira respeto. Kierkegaard, escribe Jorge de Palacio en la introducción, divide la experiencia vital del ser humano en tres categorías o modos de entender la vida, a las que llama “estadios”: estético, ético y religioso. “El estadio estético persigue el goce sensual y vive atrapado en la inmediatez del momento”, escribe Palacio. El ético, por su parte, asume su responsabilidad moral, mira al otro, lo ve, y no puede obtener satisfacción a su costa, y el religioso está en contacto directo con Dios. El filósofo danés consideraba que la experiencia de la fe era lo máximo a lo que el hombre podía aspirar. Yo tengo días, aunque mi perfil es claramente ético, pero me gustan las motos y creo en el más allá, dondequiera que esté. A estas horas no hay reglas y me lanzo por la pendiente de la elucubración libre, un sano ejercicio filosófico, y se me ocurre relacionar el primer estadio con las artes plásticas, el segundo con la literatura y el tercero con la música, la más elevada de las artes. Creo que me está entrando sueño, por fin. Fuera, hace frío, pero el viento ha amainado. Lo que acabo de hacer, en el fondo, es tratar de aprovechar el tiempo, porque es escurridizo como la arena que se me escapaba por entre los dedos de las manos, cuando era niño, jugando en una playa del Maresme.

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