Menina y skyline de Delft, work in progress

Miro estos cuadros y me pregunto si no serán los últimos. Cada día estoy más lejos de la pintura. Esta obra en concreto forma parte de una pequeña serie de tres, empezada en 2016 o 17, que titulé Diptych for a German collector, porque una coleccionista de Düsseldorf me encargó una menina de esta medida, en formato díptico. Al final, no se decidió por ninguna de las tres y me compró una menina del mismo tamaño, pero de un solo bastidor, pintada unos años antes, y yo seguí trabajándolas, porque tenía muchas dudas y todas mis obras están in progress, hasta el punto de que me estoy planteando añadir esa coletilla a todos mis títulos. El problema es que lo que pintaba ya me lo sabía, no había sorpresas, por esta razón la coleccionista, con buen criterio -me dio una bonita lección-, escogió una anterior, que había reposado más. El reposo es importante. La vista de Delft es un homenaje a la pintura, representada por Vermeer, no se me ocurre a nadie mejor, y el cubismo de esta composición es un tributo a un cambio de paradigma en la historia del arte. Heredero del constructivismo ruso y del impresionismo de finales del siglo XIX, el de Cézanne, el cubismo lo revolucionó todo; y, como sucede con todas las revoluciones, luego fue traicionado. Napoleón le cortó la cabeza al rey Luis para coronarse emperador, y Beethoven, indignado, le retiró la dedicatoria de la Eroica. ¡Bien hecho!

Parece que lo tenga todo planeado, pero no es así, antes bien al contrario, todas las digresiones que hago sobre mi trabajo son a posteriori. Pintar es otra manera de pensar. En el principio hubo una menina, sin más, sobre un fondo índigo caligrafiado. Era bonita. Más tarde aparecieron los cubos y se convirtió en una menina cúbica. Pasó el tiempo, vino la coleccionista a mi estudio, se fue con otra y apareció Vermeer, y dibujé el skyline, inspirado en su panorámica de Delft. Hace unos pocos meses, en pleno confinamiento, se me ocurrió lo de los planos geométricos oscuros que perfilan la figura a derecha e izquierda, acotándola, como si se tratara de un paréntesis. Cada una de las fases que acabo de describir estaba bien y no lo estaba. Es probable que un estadio anterior fuera superior a uno posterior, estas cosas suelen pasar en cualquier proceso creativo, pero no estaba satisfecho y una mañana decidí cambiar el estampado del vestido. Nunca había hecho nada parecido, pero estaba dispuesto a arriesgar porque no tenía nada que perder. Siempre he coqueteado con la idea de dejar la pintura. Una parte de mí cree que he dado todo lo que podía dar, ahora corro el riesgo de repetirme, en un bucle sin fin. Lo he visto en muchos artistas. Si a Picasso, Miró o Chillida les quitamos los últimos veinte años de su producción su legado no se resentiría. En la mayoría de los casos sus mejores obras no son las últimas, aunque seguro que hay excepciones. En este momento, una fría mañana de un año recién estrenado, escribiendo estos razonamientos estoy disfrutando, en el sentido más amplio del significado de este verbo, porque percibo el sabor de la verdad, que es lo único que en última instancia me interesa. Siento que me voy acercando. ¿Dónde?

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