Llibert Casanovas, colaborador de Jaume Plensa, estaba en Dubai, trabajando en World Voices, en el vestíbulo del Burj Khalifa, el rascacielos más alto del mundo, cuando fue a visitar a la art advisor de la propiedad, una princesa llamada Samia, y lo primero que vio, al entrar en su casa, fue una gran menina mía, un díptico de dos metros de alto por tres de ancho. “És de l´Alfons!”. La escultura se estaba realizando en aquellos momentos en el taller de su padre, en Mataró. En Estambul, en el salón del domicilio particular de una interiorista que había tenido una galería de arte en el SoHo de Nueva York, donde expuse en los años noventa, me encontré con otra pintura mía de gran formato, en este caso una figura femenina sentada, de aire beiconiano, enfrente de una gran foto de Helmut Newton. No sabía que la tenía ella. Ya he contado que Gérad Depardieu tiene un torso de menina que él confunde con un Cyrano, aunque a lo mejor el que está equivocado soy yo. Yo no apostaría por mí. Hace un par de días una coleccionista de Beirut me envió una foto en la que aparece toda la familia debajo de una de mis meninas, bastante grande, de tonos rojizos, para felicitarme el año nuevo. Una buena amiga suya, en Londres, tiene otra, de la misma época, comprada en una private gallery de Old Bond Street, lugar que visitó también Robert Matta, un aficionado al arte al que no llegué a conocer, pero que tiene en su casa de París un tríptico con un grupo de cinco meninas del que se enamoró por foto. Eso fue antes de la exposición de Londres. La obra estaba en aquel momento en Dubai y le puse en contacto con la galerista, para que la pintura viajara a la capital francesa. Cuando llegó, Matta me envió una foto de la obra colgada en su salón. Podría contar muchas historias parecidas, en Seattle, Atlanta, Ginebra, La Haya, Düsseldorf, mis meninas son mucho más cosmopolitas y sofisticadas que yo, y son felices allá donde están. Al menos a mí me lo parece. Una razón de esta vocación viajera es probablemente el hecho de que me haya alejado de la referencia velazqueña y la haya convertido en un icono de la feminidad, con las caderas sobre dimensionadas por efecto del miriñaque. El peinado y las mangas del vestido cuadran la figura, que de esta manera mide lo mismo de alto que de ancho, lo que le da un aspecto sólido, sereno, bien asentado en el planeta Tierra. Lo cierto es que por mucho que me esfuerce no alcanzo a comprender su poder de seducción. Aquí, en mi estudio de Ordis, donde estoy escribiendo ahora mismo estas líneas, está el kilómetro cero de esta red, que cubre medio mundo.

Nunca he hecho una gran exposición de meninas.

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