Le he enviado a José Luis García del Busto, musicólogo, académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y voz de Radio Clásica, de RNE, durante tres décadas, la continuación de Suite Albéniz, que he ido escribiendo desde que presenté el libro en Madrid, en 2018. El capítulo “más potente” de la ampliación, según su criterio, es el de la ponencia de Luis Fernando Pérez sobre la Suite Iberia, en la Academia Marshall, pero José Luis, después de alabar sin reservas la Iberia pianística de Luis, discrepa acerca de la adecuación de titular la obra como Suite, así, con mayúscula y cursiva. No es una discusión banal.

…sin dramatizar -porque tampoco es tan fundamental-, sigo absolutamente contrario a esa denominación que, entre otros pequeños detalles, es ajena al propio Albéniz. Como soy contrario a uno de los argumentos que Luis Fernando emplea con vehemencia, a saber, lo bien que engarzan unas piezas con otras, incluso la lógica formal del contenido de cada uno de los Cuadernos y de la sucesión de ellos entre sí.

“En coherencia con esta forma de pensar”, a José Luis no le parece una buena idea programar la suite integral, en un solo concierto. A mí me parece una discusión apasionante, casi tanto como averiguar si la pintura mía que tiene Depardieu es una menina o un Cyrano. Apuesto por Gérard. ¿Iberia, o Suite Iberia?, this is the question. Esta es una de las ocasiones en las que la ignorancia puede ser un buen aliado. Es una manera de hablar, naturalmente, la ignorancia es una desgracia que te hace quedar mal, además de tener la angustiosa sensación de estar perdiéndote algo importante. Siempre creí que mi dificultad para seguir la Suite Iberia integral se debía a mis limitaciones musicales, que son notables, pero ahora veo que también es posible que no exista una relación natural entre los cuadernos, como sostiene apasionadamente Luis. El salto de uno a otro siempre me ha parecido vertiginoso; cuando aún te estás reponiendo del esfuerzo de Evocación, que cada día me gusta más, te lanzas de cabeza a El puerto, que es otro mundo, sin que este primer cuaderno te sirva de mucha ayuda. Eso es lo que defiende José Luis, si lo he entendido bien, y eso es lo que siento yo, sentado en primera fila en el Monestir de Sant Pere -”en la falda del pianista”, como solía decir mi madre, cuando la honraban con el mejor asiento del aforo, por ser nieta política del gran protagonista de la velada-, pero Luis dice que sí, que la relación cronológica existe, y oyéndole tocar cualquiera le lleva la contraria.

He oído muchas Iberias integrales, a lo largo de los años, y doy fe que no hay dos iguales. Cada intérprete es un mundo, aunque habiten aparentemente el mismo, lo cual convierte la interpretación en una maravillosa metáfora de la vida: tocan la misma obra, pero no suena igual. Guillermo González suele cambiar el orden de los cuadernos y lo argumenta, entre uno y otro, durante el concierto, lo cual tiene la virtud de darnos un respiro, Hisako Hisaki toca en japonés y Blanca Uribe es caribeña y se nota.

Jorge de Persia hace años que dice que la Medalla Albéniz, que se otorga cada año en el marco del Festival Isaac Albéniz de Camprodon a un intérprete capaz de tocar la Iberia integral con solvencia, debería darse a alguien que hiciera una contribución notable a la difusión de la obra del maestro nacido en este bello pueblo pirenaico, no necesariamente a la interpretación de la suite completa, y a Jorge conviene escucharlo. Es un hombre discreto, con una gran determinación, y habla bajo, mientras los demás gritan, yo a veces también lo hago, pero con el tiempo he aprendido a escucharlo. Como a mi primo Julio Samsó, nieto de Laura Albéniz, que lleva toda la vida reivindicando el Albéniz que hay más allá de la Iberia -en especial, la lírica, con Merlín al frente-.

José Luis García del Busto da por hecho que José de Eusebio y Jacinto Torres tienen la Medalla Albéniz. ¿Qué le digo, Jorge?

Pero no quiero apartarme del tema, que sigue pareciéndome fascinante. La Suite Iberia, ¿existe? Ahí es nada. Es la obra más importante de Albéniz. José Luis sostiene que no, que existen las Iberias, “que son piezas magistrales todas ellas, pero con un planteamiento similar, sin sentido de progresión, de alternancia de tensiones y reposos, en definitiva sin el contraste y la unidad que caracteriza y da coherencia a la gran forma musical”. Cita las Rapsodias húngaras de Liszt y los Nocturnos de Chopin, que existen, claro que sí, pero que nadie espera que los intérpretes los toquen todos, uno tras otro.

¿Deberíamos empezar a hablar de las Iberias de Albéniz?

Los cuadernos de Iberia, me escribe a vuelta de correo Jorge, pueden ir juntos, en la medida en que los fue trabajando en secuencia, debido a su precaria salud -el tiempo apremiaba-, además de otros motivos más pragmáticos, como los editores y las circunstancias económicas, pero también separados, por su variedad formal y estilística. Me cita los ejemplos de Mompou, cuyas series se dilataron en el tiempo -en la medida en la que el tiempo fue generoso con él, vivió más de noventa años-, y Chopin, añadiendo los Estudios, que tienen más unidad en la forma y en la concepción que los Nocturnos. Lo que parece claro es que… no está claro, y ahí se abre un interesante espacio para la interpretación, para unos y otros. Creo que ni el propio Albéniz lo sabía. Las obras de los creadores tienen vida propia. Hace unos meses vendí dos meninas de un tríptico de tres, valga la redundancia, que había expuesto en al menos dos ocasiones. La razón no pudo ser más pragmática, al cliente no le cabían las tres y se quedó las dos de la izquierda, dejando a la otra sola. Why not? Ninguna de ellas se ha quejado.

Julio Samsó me escribe dos días después y me recuerda que hace años que me habló de este tema, en la misma línea de García del Busto, “no porque me lo inventara, sino porque lo había leído. Ahora lo he comprobado en el estudio que Jacinto Torres añade a la edición crítica de Iberia de Guillermo González. En la primera edición del primer cuaderno se define la obra como «12 Nouvelles impressions en quatre cahiers» y, cuando Debussy se refiere a ella utiliza siempre el término «impressions». Evidentemente, el uso de esta palabra no es inocente.” Claude Monet pintó Impression, soleil levant en 1872, Cézanne, el precursor del cubismo, que cambió radicalmente el paradigma de las artes plásticas, murió en 1906, Albéniz en 1909.

¿Impressions?

Suelo caminar cada día por los alrededores de mi estudio. Vivo en un medio rural, en una de las zonas más bellas del Mediterráneo, por lo que este acto es siempre muy agradecido. Me gustan los caminos secundarios, poco frecuentados, que recorro con mis perras, siempre curiosas y excitadas, a veces descubrimos caminos nuevos, apenas perceptibles, y nos internamos en ellos. Con frecuencia son sendas de cazadores, o de agricultores, que se acaban abruptamente en un cortado o en un campo. Son muy bonitos, nunca me arrepiento de haberlos explorado. Me pregunto si esta investigación sobre la naturaleza de Iberia no será uno de estos caminos que no llevan a ninguna parte.

«La Medalla Albéniz, que como te dije fue un invento del que te escribe, es una distinción y reconocimiento a los pianistas que han tenido el valor, coraje y medios para tocar Iberia en público». Son palabras de Justo Romero, que tuvo la gentileza de enviarme ayer noche, en respuesta a un mail mío en el que le hablaba de esta polémica, en el caso de que la haya, y le preguntaba su opinión, no sólo como experto y biógrafo de Albéniz, sino también como el ideólogo de la célebre medalla. Justo, desde el cariño y la admiración que le inspira José Luis, establece una distinción semántica entre suite Iberia y Suite Iberia. Yo, en mi ignorancia, lo escribía siempre con mayúscula, y no es lo mismo. Si lo he entendido bien es una suite, en la medida en que fue concebida como una sucesión, pero no es una Suite, en el sentido formal del término musical.

Evocación es el mejor preludio imaginable. De hecho, en el manuscrito, figura como «Prélude». ¿Qué mejor final que Eritaña? La distribución de los cuadernos tampoco deja lugar a dudas. A pesar de ello, considero completamente legítimo y razonable que algunos pianistas -Rafael Orozco, entre ellos- alteraran el orden en los conciertos. Por supuesto, igual que, por ejemplo, los Preludios de Debussy, se tocan como conjunto cada uno de sus cuadernos (Libro I, Libro II), tanto como piezas sueltas o en grupo de selección, exactamente lo mismo se puede hacer con Iberia: sus doce joyas funcionan estupendamente como piezas autónomas o agrupadas en cualquier tipo de selección.

En esta misma línea se manifiesta Eduardo Fernández, que ha tocado Iberia por medio mundo, algunas veces completa. “También es cierto que la belleza de poder contemplar una tras otra, como un recorrido de paisajes, ritmos y colores, en un único recital, es algo que merece la pena brindar al público”.

He compartido con Àlex Susanna esta pequeña investigación entre amigos. Su respuesta se ha hecho esperar un poco, pero vale la pena:

…crec que som molts els oients que, de tan avesats que estem a escoltar-la com un tot, ens costa desmembrar-la i alterar-ne l’ordre. El que sí que m’agrada, en canvi, és escoltar, de manera aïllada, una de les dotze obres de què consta la “Ibèria”: llavors és com si un meteorit caigués damunt nostre de no se sap on. I aquella peça conté, ‘in nuce’, tota la frondositat rítmica i harmònica de l’obra sencera.

«…creo que somos muchos los oyentes que, de tan acostumbrados que estamos a escucharla como un todo, nos cuesta desmembrarla y alterar el orden. Lo que sí me gusta, en cambio, es escuchar, de manera aislada, una de las doce obras de que consta la «Iberia»: entonces es como si un meteorito cayera sobre nosotros de no se sabe dónde. Y aquella pieza contiene, ‘in nuce’, toda la frondosidad rítmica y armónica de la obra entera.»

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