Por cierto, ¿de dónde sale el vocablo Iberia? Porque Iberia, como muy bien señaló Luis Fernando Pérez en la Academia Marshall, no es España, es la península ibérica, es la Iberia griega, citada por Heródoto, anterior a la Hispania romana. “Posiblemente”, me escribe José Luis García del Busto, “se trate simplemente de un encuentro feliz”, después de la Suite española y los Cantos de España, en la senda del nacionalismo musical de este periodo histórico, iniciado en España por Felip Pedrell, siguiendo el ejemplo de la escuela rusa y la francesa. Las raíces de Albéniz eran profundas. Además, coincidió con que lo español, a finales del siglo XIX y principios del XX, estaba de moda en Europa; una fábula estereotipada, folclórica, de un marcado acento árabe y con Granada como capital. Madrid un poco menos, era entonces más de zarzuela que de ópera, y Barcelona un poco más, porque era la puerta de Europa, pero Granada era una especie de Samarcanda al alcance de la mano, para los intelectuales europeos que se citaban en París. El principio del nacionalismo musical es que de lo particular puedes acceder a lo universal, si tienes el talento y la determinación necesarios. Albéniz, Granados, Ravel, Satie y Rimsky-Korsakov recorrieron ese camino. He dicho muchas veces que si Albéniz hubiera vivido cuarenta años más sería francés, para los franceses, como lo fue Picasso. Pero no, ambos eran muy españoles, muy andaluces, muy catalanes. Otra cosa es su vocación de extranjería; porque eso existe.

Hace más de treinta años que vivo en un pequeño pueblo ampurdanés, entre los Pirineos y la bahía de Rosas, entre el Canigó -que ahora mismo, mientras escribo estas líneas, a principios de 2021, está cubierto por un manto de nieve-, y Ampurias, con sus ruinas griegas, de piedra clara. Formo parte de este paisaje y de esta comunidad, de trescientas cincuenta almas, pero siempre seré un nouvingut, alguien que viene de fuera. Y me gusta. Mi sentimiento de pertenencia incluye la categoría forastero, estoy cómodo ahí, encaja con mi manera de ver el mundo y la vida. Es un estar de paso. Si no fuera así, nunca habría abandonado Barcelona. Tenía veinticinco años cuando decidí probar la experiencia de instalarme lejos de mi ciudad natal; mi ilustre antepasado, en cambio, fue siempre un trotamundos, desde niño, tanto por los continuos traslados de su padre como por su vocación viajera. Se sentía perfectamente a gusto en ninguna parte, siempre que cerca hubiera un piano. El instrumento era su patria. Francia lo hubiera adoptado, sin duda, porque Albéniz nunca hubiera dejado París -su familia sí, cuando murió se trasladó a Barcelona-, pero su sentimiento hacia su “morena ingrata” no hubiera cambiado nunca, de la misma manera que Picasso jamás renunció a sus raíces españolas, andaluzas y republicanas.

Los músicos, en realidad, siempre están de paso (el resto de la humanidad también, pero ellos lo saben). Evocación, la menos ibérica de las Iberias, habla de eso, de la nostalgia de la carretera. Así es como yo la escucho, una y otra vez, y se me ocurre relacionarla con Merlín y la trilogía artúrica inacabada, cuando Albéniz, en estrecha colaboración con Money-Coutts, tomó prestada otra nacionalidad, la británica, en la confianza de que todos los mitos acaban pareciéndose, si te tomas la molestia de alejarte lo suficiente para verlo con perspectiva.

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