En mi familia no se besaba. Somos cinco hermanos y todos disparábamos al aire cuando saludábamos a nuestros padres, y entre nosotros bastaba un amago, un gesto vago. “Disparar al aire” es acercar la cabeza al saludado, hasta casi tocarla, pero sin rozarla, no es fácil hacerlo si no estás acostumbrado, pero yo me entrené desde pequeño. Y no es que no fuéramos cariñosos, amábamos a nuestros padres y nos inspiraban una gran ternura, pero no nos besábamos. En cambio, con mi madre acostumbrábamos a ir cogidos de la mano por la calle, cuando coincidíamos, siendo yo ya un adulto. Le encantaba. Recuerdo encontrármela en la puerta de su casa, en la calle Lauria, camino de la iglesia de La Concepción, con parada en La belga, donde tomaba un café. Nos cogíamos las manos y caminábamos calle abajo, ella tomaba el café solo y me animaba a que pidiera alguna pasta, luego cruzábamos por el paso de peatones que da a la calle Aragón y la dejaba frente a la puerta del claustro, ella a sus oraciones y yo al vicio y desenfreno de siempre.

Cuando envejecieron, empezamos a acercarnos más, hasta rozar la frente de mi padre, que la tenía amplia y fría, un poco áspera, y encontrar la de mi madre, cálida y acogedora. Pero lo que más me gustaba, y lo hacía siempre cuando iba a verlos, era sentarme al lado de mi madre y cogerle la mano. Podía estar horas así. Tenía la piel muy fina, suave, la puedo sentir mientras lo describo.

Cuando tenía trece o catorce años pasé un verano en Vannes, en la Bretaña, en el noroeste de Francia. Era un viaje escolar organizado para perfeccionar el francés. Nos distribuyeron en casas particulares. A Eduardo, mi mejor amigo, le tocó una en la que la madre besaba a sus hijos en la boca. Estaba horrorizado y preocupadísimo de que a la madame se le ocurriera hacer lo mismo con él. En el Ensanche esas cosas no pasaban.

Luego hay los besos románticos, que descubres en la adolescencia, emocionantes, torpes, aplicados, algunos salen bien y entonces suena música celestial, otros no hay manera. Y por fin llegan los Grandes Besos. Solo necesitas un abrazo y una baldosa, no importa lo pequeña que sea, si es uno de los grandes seguro que sobra espacio.

Y, por fin, llegan los hijos, a los que abrazas y besas mientras se dejan abrazar y besar. No te los comes porque está prohibido. Toda esa digresión es para decir que llevo un año sin besar a mi hija y no puedo más.

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