Noctámbulo, 1980

“… Veamos lo que ha ocurrido, por ejemplo, en la última Bienal de Venecia. La gente se ha reído mucho también. Todos se han reído de todos. Había monstruos por doquier, montajes de vídeos de fútbol, monigotes, instalaciones a cada cual más audaces, fenómenos de feria, fetos (a falta de genios) en sus botellas, pedruscos, chatarra. Como la incapacidad de crear belleza es clamorosa, se ha preparado un discurso sobre la fealdad, y la gente se dedica a hacer cosas feas, a las que da el mismo valor que a las cosas hermosas, porque tiene ya su propia teoría, fabricada a la medida de su limitación. No es probable que nadie quisiera llevarse ninguno de aquellos abortos a su casa, porque con este fin está el Estado, que los compra para sus museos. En cuanto llegan a éstos, tampoco resulta difícil convencer a unos tipos a los que se timará de una forma clamorosa, haciéndoles creer que la modernidad consiste en eso: sostener las juergas de los parásitos.”

Va desnudo y además se ríe, Andrés Trapiello, La Vanguardia, 29/07/2001

Quién crea que Trapiello exagera debería ir a ver la Bienal de Venecia alguna vez. Yo visité la edición del año 2000, acompañado de dos escultoras informalistas y una marchante, veníamos de inaugurar una exposición en la Schlossgalerie Mondseeland, de Mondsee, Austria, y aprovechamos el viaje de regreso a casa, que hicimos en coche, para pasar por Venecia. Éramos un público entregado, pero fue una gran decepción, al menos para mí. En un pabellón había una carrera de karts, es muy significativo que sea lo único que recuerdo del certamen. Como para olvidarlo. El rey va desnudo, que nadie lo dude, y el mercado del arte moderno es un fraude colosal. En mi entorno profesional -es una manera de hablar-, el talento no es imprescindible para conseguir el éxito, aunque ayuda un poco, pero el mercado no lo necesita para alcanzar sus objetivos, que son inconfesables.

Hace frío en el estudio, estamos en enero de 2021, Amanda Gorman ha leído un poema en el Capitolio y el mundo entero hace cola para vacunarse contra el virus. Tengo una mano en el ratón y la otra apoyada en un radiador de aceite. Me cubro la mano izquierda con la manga del jersey -viejo, amortizado, deshilachado-, para no quemarme. El cielo está nublado. He tecleado en internet “Bienal de Venecia” y me han salido unas cuantas, he escogido una al azar: 2016, y ha aparecido ante mis ojos unas maquetas arquitectónicas bellísimas de Zaha Hadid, donde yo esperaba encontrar feísmo caro. No sé cómo serán estas obras a escala 1:1, pero en maqueta son fantásticas. Luego, he escrito “Art Basel”, porque tiene fama de ser la feria de arte más importante del mundo, y lo primero que ha salido es un vídeo de casi tres horas de Art Basel Miami Beach 2019. Bonito título para una camiseta. Lo firma un tal Albert 75 Travel. Veo cosas incomprensibles, dicen que ahí está la gracia, unos cuantos Basquiats asombrosos, vamos a dejarlo ahí, dos Pollocks horrorosos, supongo que de primera época, y muchos Dubuffets y Fontanas, que tengo la sensación de haber visto antes, en otras ferias. Y Miró y Léger, en el stand de Hammer Galleries. En 1982 visité la sede de Hammer en Nueva York, que ocupaba varias plantas de un edificio en el Midtown de Manhattan. En aquella época yo era un joven pintor que se debatía entre el mundo del arte y el hippismo, entre la cultura y la contracultura. Me acompañaba una dealer llamada Gloria Cortella, que me había propuesto una exposición si me quedaba un año en Nueva York. Escribí esta escena en Diario de un outsider, lo que no sé si expliqué entonces es que veníamos de ver una exposición de Francis Bacon en la galería Marlborough, que estaba muy cerca de Hammer Galleries, a cuatro pasos del MoMA. Era como estar en Versalles, en el núcleo duro del poder, igual de barroco, igual de confuso. Coincidimos en Marlborough con el director de un museo de Boston, amigo de Gloria, y les acompañé en su deambular, un poco indolente, porque “Bacon está superado”. Y Hooper, Balthus y Kitaj, pensé, porque en aquel momento cualquier cosa que no se pareciera a Rauschenberg estaba superado. En Hammer nos atendió un alto ejecutivo. Al final le dije que no, a Gloria, y volví a mi rincón del Mediterráneo. Soy bueno tomando decisiones equivocadas.

De repente, surge la sorpresa, que me devuelve abruptamente a Miami. En medio de aquel océano de inconsistencia, la Fondation Beyeler presenta la serie de grabados The Disaster of War, de Goya. ¡Los desastres de la guerra! La verdad, con toda su crudeza y toda su belleza. No sé cómo lo llevará Albert 75, que se ha detenido en cada uno de los grabados, pero yo cuando salgo de nuevo a las coloridas calles del inmenso pabellón no soy el mismo. Y entonces, precisamente entonces, o sea muy poco tiempo después, aparece en la pantalla de mi ordenador una de las estrellas de la convocatoria: un plátano sujeto a la pared con cinta americana. Esta imagen dio la vuelta al mundo y veo a la gente hacer cola para fotografiarse con el maldito plátano. A75 tampoco puede resistirse y nos quedamos un buen rato contemplando esta estupidez, que a lo mejor es arte. Tengo la sensación de estar en la escena preliminar del relato evangélico de los mercaderes del templo, esperando que aparezca en cualquier momento un héroe mitológico que se atreva a decir la verdad. No hace falta que lleve un látigo en la mano, no hay arma más peligrosa que la verdad. Ni más bella. Ni más inútil; la mayoría de las veces explota en las manos del que la sostiene.

Me gustaría suavizar un poco el tono, pero no es fácil. Conozco bien estas ferias, siempre hay personas capaces de permanecer un buen rato frente a una pequeña obra de un pintor llamado Joaquín Torres García, abducidas por su poesía, aunque a su alrededor los semblantes sean en general inexpresivos, excepto cuando hablan entre sí, entonces son festivos, porque la mayoría está paseando por un parque de atracciones. Pienso en una sala de conciertos, o en un teatro, donde puedes ver la calidad de la obra en el rostro del público. En Art Basel Miami Beach, no.

Yo estuve en una edición de Art Miami, en 2004, con una galería de Nueva York, en colaboración con una de Barcelona. Una de mis pinturas, la más grande de las expuestas, acabó en Estambul, y otra, más pequeña, titulada Noctámbulo, en algún lugar de EEUU; la compró un matrimonio de arquitectos, encantadores, los recuerdo con afecto.

Salgo a pasear con Molly y Miss Brown por los alrededores del estudio, con Miami todavía en la cabeza. “Goya contra todos”, barrunto, “y ha ganado un plátano”. Es una imagen interesante. Ha salido el sol y el mundo ha cambiado. Los campos son verdes, brillantes, de todos los tonos imaginables, el azul del cielo, límpido, la nieve del Pirineo, blanquísima, los alysiums de un blanco más poético, violáceo, y las sencillas caléndulas de un amarillo alegre, jovial. Pasamos por delante del pequeño cementerio, que está muy cerca del pueblo, con sus cipreses altos, de cintura ancha, y lo bordeamos. Tempus fugit. Algunos epitafios son famosos. El más célebre, quizás, sea el “Perdone que no me levante”, de Groucho Marx, que en realidad fue incinerado, pero el mejor de todos, sin duda, es “No comment”. No sé dónde está, lo leí hace años en un artículo, a lo mejor era de Trapiello. Yo, si tuviera que escoger uno, sería “No he entendido nada”. Es la pura verdad.

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