Después de Goya, 1977

A las seis y media de la mañana hacía una temperatura agradable, aquella mañana de abril de 1975. Franco agonizaba en Madrid, mientras yo enfilaba la recta final de mi servicio militar obligatorio, en el Campo de Gibraltar. Entré en el cuerpo de guardia, recogí un casco blanco, con las iniciales VM claramente visibles en el frontal, y un correaje del mismo color, con pistola y cartuchera. Dejé mi gorra en una taquilla y fui a presentarme al oficial de Vigilancia Militar. “Buenos días, sargento, ¡cuánto tiempo sin verle!”. Exactamente diez minutos, habíamos venido juntos desde el apartamento que compartíamos, en una urbanización llamada Santa Margarita, a quince minutos en coche del Pavía 19, nuestro regimiento, que estaba ubicado en San Roque, en la provincia de Cádiz, y tenía jurisdicción en La Línea de la Concepción. Nuestra primera misión fue ir a la frontera de La Línea con Gibraltar para izar la bandera; al atardecer la arriaríamos, con un nudo en la garganta, al son de un melancólico toque de corneta. El trayecto entre las dos localidades es corto, no llega a diez kilómetros, recuerdo que en aquella época se veían algunos cohetes, a un lado de la carretera, que formaban parte de un grupo operativo que llamaban Grupo SAM. Los misiles estaban desplegados de aquella manera tan visible para amedrentar a los ingleses. Oí decir que eran de fabricación americana, pero sólo se podían lanzar si nos daban un dato de tiro, que se reservaban, por si se nos ocurría -es una manera de hablar, a mí no se me ocurría nada- atacar a uno de sus aliados. Inglaterra, por ejemplo, por lo que aquella estrategia intimidatoria tenía algo de vodevil. En aquella época la frontera estaba cerrada, con carácter indefinido, y el escenario desierto, pero cumplimos con nuestro cometido, saludando a la bandera hasta que ondeó en lo más alto del mástil. Un avión comercial pasó a escasos metros por encima de nuestras cabezas; el aeropuerto de Gibraltar empieza prácticamente en la playa.

Luego le pedimos a nuestro conductor que nos llevara a Santa Margarita y regresara al cuartel. Dejamos la artillería encima de nuestras camas respectivas, junto con el resto de parafernalia militar, nos pusimos el traje de baño, cerramos la puerta con llave -por las armas- y nos fuimos a la piscina, con un libro bajo el brazo, un radio-cassette con música de Bob Dylan y Pink Floyd y una jarra de té frío. Éramos jóvenes, atractivos y poco aguerridos, y queríamos aprovechar al máximo la feliz coincidencia de que nos hubiera tocado el SV juntos. Recuerdo la voz de Dylan, cansina, hastiada, rota, narrando la historia de Rubin Hurricane Carter, un boxeador negro en un mundo de blancos, acusado injustamente de homicidio, “pero él una vez pudo haber sido el campeón del mundo”. A media mañana nos llegó una nueva misión: detener a un presunto desertor que estaba en su casa, en un barrio de la periferia de San Roque. Víctor se giró hacia mí y me pidió que procediera. Se llama cadena de mando. Luego volvió a sumergirse en la lectura de Octavio Paz, que le tenía literalmente abducido. Malhumorado y un poco inquieto -¿qué era eso de detener a alguien?- me dirigí a mi cuarto y me disfracé de nuevo de Clint Eastwood en Los violentos de Kelly. Mientras me sujetaba el correaje y el arma me miré en el espejo. El uniforme me sentaba bien. Era rubio. Era blanco.

Subí al Jeep, pasamos por el cuartel, recogimos dos soldados armados con cetmes -el Kaláshnikov español-, adscritos aquel día como nosotros al servicio de VM, y enfilamos la calle que se abría frente a nosotros. Estrecha, empedrada, larga, con balcones repletos de macetas de geranios. El blanco encalado de las paredes hacía destacar el colorido de las flores. Luego giramos a la izquierda, en una pronunciada subida, después a la derecha -poco a poco nos alejábamos del mundo civilizado-, culminamos una loma y empezamos a bajar por un camino polvoriento. Las casas cada vez eran más humildes, hasta convertirse en chabolas. Paramos frente a una de ellas, no era la más sencilla, pero no parecía tener más de una habitación y una letrina en el exterior. Empezó a llegar gente, curiosa. Era inquietante estar armado en medio de aquella multitud. El chófer, un veterano, me dijo: “Tranquilo, mi zaento, no paza ná“. “Heredia Heredia, Rafael”, pregunté. Pelo rapado, moreno, ojos oscuros, guapo, parecía tener dieciséis años, pero debía tener dieciocho o diecinueve, si lo habían movilizado. Llevaba un pantalón de chándal gris y una camiseta verde del ejército, nueva. “¡Sus órdenes, mi zaento!”.

Resumiendo, a Rafael Heredia Heredia lo habían destinado a un centro de instrucción cerca de Madrid. Lo pelaron casi al cero -dijo que lloró cuando lo hicieron-, le pusieron un uniforme de color verde y empezó su periodo de instrucción, que debía convertirlo en tres meses en un soldado dispuesto a dar la vida por la patria, al menos durante un año o año y pico más. A las dos o tres semanas le concedieron un permiso, el primero, cogió un autocar y se fue a su casa. No quería volver. “¡Tengo dos hijos, mi zaento!”. Era verdad, ahí estaban, un bebé y un crío de un año o dos, el más pequeño en los brazos de su madre, que también parecía una niña. Todos lloraban. Una mujer, que no parecía mucho mayor que el recluta que no quería ser soldado, que debía ser su hermana, su madre o su suegra -yo ya no me aclaraba con las edades, seguramente era la suegra-, me imploró que no me lo llevara, como si su vida entera dependiera de mí. “Lo siento Heredia, pero la cosa no funciona así”, dije, sin convicción. Mis hombres me miraban, inquietos. Estábamos en un punto muerto. El chaval se negaba a irse y la comunidad le apoyaba. Me dirigí a un hombre mayor, vestido con elegancia: traje negro, camisa blanca, sombrero y bastón con empuñadura de plata, que parecía tener ascendencia sobre los demás. “Mire, tengo que llevármelo, ni él ni yo podemos escoger”. Asintió, comprensivo, pero no hizo nada. Bueno sí, me invitó fumar. Acepté, contraviniendo las normas, para ganar tiempo. “Mis órdenes son dejarlo en el tren de Madrid. Una vez allí le esperará una patrulla de la Policía Militar para llevarlo al Centro de Instrucción de Reclutas de Alcalá de Henares”, recité en voz alta, como un autómata.

“Haremos una cosa” -bajé la voz, para que sólo me escucharan el recluta y el viejo-: “Rafael Heredia, tú no quieres ser soldado, nosotros tampoco, estamos en el mismo barco, aunque no lo parezca. Te pido que te vistas, que cojas el petate y nos acompañes a la estación. Te dejaremos ahí, sentado en el tren, y nos iremos. Puedes bajar por el otro lado, si quieres, o en el apeadero de San Cosme, que está aquí al lado”. Desde donde estábamos se veía la vía férrea. El apeadero no, pero no podía estar lejos. No era una letra de Bob Dylan, no me iban a dar el premio Nobel de literatura por esta canción, pero no encontré nada que se le pareciera más. El viejo asintió.

Lo que acabo de contar no ocurrió en realidad, al menos no del todo; o sí pasó, pero no a mí, a otra persona, que me lo contó después; o pudo ocurrir, porque este tipo de cosas pasaban continuamente. En un artículo antológico, publicado en El País el 23 de febrero de 2001, con motivo del veinte aniversario del 23F, Jacinto Antón explica mucho mejor que yo lo que trato de explicar. La primera frase es insuperable: “El 23F asalté el Congreso, pero fue sin querer”. Y continúa: “Recuerdo alucinado mi imagen reflejada en un gran espejo: el uniforme, las trinchas, los cuatro peines de munición, el subfusil en bandolera y el casco blanco de PM que me bailaba con súbitos temblores, pese a llevar bien apretado el barbuquejo. Parecía lo que no era. Uno de ellos. De los malos. Confiaba ciegamente en que, si empezaban los tiros, las fuerzas de la ley fueran capaces de ver en mi interior”.

Llegué al apartamento justo a tiempo para comer. Estaba satisfecho de cómo había resuelto la situación. Aliviado, sería la palabra exacta. Todo había salido bien. ¿Todo? Aquel día, un fotógrafo de la agencia Magnum captó unas instantáneas en blanco y negro muy buenas, en las que se ve a un escuadrón de la policía militar, con sus característicos cascos blancos, delante de una chabola de un barrio gitano de una ciudad andaluza. En una de ellas, un sargento se encara a un joven indefenso, detrás del cual hay una mujer llorando, con un recién nacido en los brazos, mientras un niño que apenas se sostiene en pie se agarra a su falda. A su alrededor hay mucha gente apesadumbrada, cuando no trágicamente conmovida. Detrás del suboficial hay un vehículo todo terreno y dos soldados armados con fusiles ametralladores, inexpresivos.

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